The Square: el infierno son los otros

Acaba de rodarse una de las mejores películas de este joven siglo. Tal vez porque es difícil explicar uno de los más acusados síntomas de nuestro mundo (considerado como un paciente en una sala de hospital): la desconfianza. The Square habla de eso y habla de mucho más: nos acerca a la fragilidad humana a la hora de confiar en los otros. Si Sartre dijo que «l’enfer, c’est les autres», Ruben Östlund, el director de este filme sueco que ya se ha ganado varias medallas (una en el aclamado Festival de Cannes), nos muestra las contradiciones en las que día a día nos vemos envueltos, con un completo desconocido, así como con nuestros vecinos, con nuestras parejas o con aquellos que más queremos. Resulta complejo tratar el cuadrado. Entender las dimensiones de la confianza humana no es un asunto ligero, pues entran ahí toda la sociología, la sociedad líquida, los psicólogos, el espejo y lo que vemos reflejado en este cuando nos miramos, en un aquí y un ahora concretos. Anoche andaba y me dejaba arrastrar por la ciudad cervantina, Alcalá de Henares, y me preguntaba cómo pasearían sus ciudadanos hace cinco siglos, qué hubiera pensado Cervantes de la confianza o si hubiera llegado a entender esta película. Disfrazada la ciudad por una fina lluvia, todavía ahí resplandecía belleza entre sus calles empedradas, los mercados de Navidad y su gente. No parecía haber ningún problema porque la gente reía y reírse implica confianza, lo que sí es algo que nos une a Cervantes, a ti, a mí y cada uno de nosotros. Supongo que todo nace de aquello que dejó dicho Krishnamurti en su famoso discurso del «fear and love», que todo lo que nos ha pasado y nos pasa tiene que ver con esta delgada línea entre el miedo y el amor, la oscuridad, la luz y cierta incertidumbre sobre los volcanes, la tierra, los naufragios y el Olimpo.

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Blade Runner (2049)

Hace treinta y cinco años, en los orígenes de la década de los ochenta, un tal Ridley Scott vino a hablarnos de la empatía y a filosofar sobre el «alma» humana, o sea, sobre su conciencia o el descanso de esta. Blade Runner fue un hito en la historia del cine de ciencia ficción, en su vertiente cyberpunk y posapocalíptica con luces de neón, precisamente porque supo rescatar uno de esos temas inmortales de los que llevamos debatiendo desde los griegos: qué nos hace humanos o por qué somos lo que somos. Lo hizo a través de eso que representa nuestra «imitación» y lo que ya en época moderna ha sido germen de mucha literatura y también de ciertos miedos, esto es, por medio de los androides o los robots. Blade Runner 2049 rescata este mismo problema, al igual que lo hacía recientemente Westworld con su versión de parque de atracciones. Esta vez, Denis Villeneuve crea una hermosa ópera cinematográfica donde el guión sigue sin ser lo que más importa, ahí donde los golpes, las miradas al vacío, la incertidumbre y el caos incómodo hacen que el espectador se pregunte una o dos cosas. En el fondo, la cuestión sigue siendo la misma: ¿por qué deberían valer más tus lágrimas?

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mother!

En este caso, mother! no es solo una película rara, sino un escupitajo en la cara del espectador, un constante vacile para el que quiera entenderla y, sobre todo, para el que solo pretenda sacarle un sentido literal. Esto Aronofsky lo sabe y juega deliberadamente con ello. El proyecto bien podría ser considerado un cuadro surrealista o una película digna de autores como Dalí o Lynch, o del propio Aronofsky. Desde luego, toda la cinta debe tratarse como una alegoría, una alegoría de alguna cosa, cualquiera, que tenga que ver con la creación: pues eso es él, y eso es ella. Lo que falla: el exceso de simbolismo y el no terminar de contar nada, el exceso de lo descifrable. A mis ojos, asistí a la gestación y al parto de una obra de un escritor al principio poco motivado o con síndrome de la página en blanco, a una crítica al ego del artista o un alegato a la musa maltratada.

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It (2017)

It (2017) no es en realidad una historia de miedo, sino una historia sobre el miedo. Entendida de manera literal podría llevarnos a la decepción, aunque ahí está su fondo pop romántico de los años noventa, las bicicletas, las historias de instituto o de calle donde aún no había penetrado la malvada tecnología, y un aire que nos retrotrae a títulos como Stranger Things o Super8. No es solo una cinta de terror, sino una analogía que intenta vertebrar cierto tipo de descripción sobre lo que es el «terror» y lo que nos asusta. A un nivel simbólico y analógico a este tema, el filósofo Krishnamurti dejó dicho que «el miedo destruye el amor», o sea, que la única forma de entendernos con la vida es, como también diría Jodorowsky, «enfrentando al monstruo». Es bien conocido en la psicología que la única forma de plantar cara a un trauma es transformándonos en aquello que nos asusta: la sombra jungiana reptando por nuestro inconsciente, otra vez. El gran logro de Stephen King y su libro, o el de esta película, es el de haber intentado no solo acercarnos al miedo y sus diferentes caras, sino el de hacer una radiografía del terror primitivo, de aquel que ya coexistía con las bestias y la oscuridad desde el principio de los tiempos.

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Vertigo

Vertigo ha dado al cine lo mismo que Prometeo dio a la humanidad robándole a los dioses: el fuego, la cultura, la máxima expresión del arte. Hitchcock sabía cómo mantener el suspense y así lo demostró en una de sus cintas más autobiográficas, posiblemente uno de los mejores legados del séptimo arte. No solo por su cuidado con los símbolos, sino también por el magnífico uso de la música, los colores e incluso los movimientos de la cámara, ese gusto a cine clásico que no envejece. El maestro del suspense creó con esta una de las películas más valoradas, debatidas e interpretadas de todos los tiempos, por algunas indudables razones. Sin saberlo, el autor estaba haciendo filosofía al tiempo que jugaba con sus títeres, esto es: con los actores que de buena gana escogió o con los que al fin y al cabo tuvo que conformarse. Vertigo es también un lloro del cineasta al abandono, o sea, a lo irrecuperable. Funciona, además, como autopsia de la figura del doble llevada a los extremos. También nos explica lo terrible de querer transformar a los otros, la cantidad de traumas que esta huella deja en las personas de lo que también nos habló Ruby Sparks. El trauma por perder un amor y el consecuente duelo está en toda la literatura amorosa desde hace dos milenios, así como lo reflejan otras películas de la talla de Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Shutter Island o Inception, siempre desde diferentes prismas. Si Vertigo nos habla de la obsesión por el pasado o la imposibilidad de superar la pérdida, del vano intento en los hombres por intentar recobrar lo que ya se fue porque «es demasiado tarde», también su creador, obsesivo hasta la médula, nos enseñó que el cine está hecho de detalles: detalles que responden a una caricia necrofílica, al amor a un fantasma, al vértigo que nos decía Kundera que no partía del miedo a caer, sino que, por el contrario, podría tratarse de la definitiva «atracción a dejarnos caer».

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