mother!

En este caso, mother! no es solo una película rara, sino un escupitajo en la cara del espectador, un constante vacile para el que quiera entenderla y, sobre todo, para el que solo pretenda sacarle un sentido literal. Esto Aronofsky lo sabe y juega deliberadamente con ello. El proyecto bien podría ser considerado un cuadro surrealista o una película digna de autores como Dalí o Lynch, o del propio Aronofsky. Desde luego, toda la cinta debe tratarse como una alegoría, una alegoría de alguna cosa, cualquiera, que tenga que ver con la creación: pues eso es él, y eso es ella. Lo que falla: el exceso de simbolismo y el no terminar de contar nada, el exceso de lo descifrable. A mis ojos, asistí a la gestación y al parto de una obra de un escritor al principio poco motivado o con síndrome de la página en blanco, a una crítica al ego del artista o un alegato a la musa maltratada.

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It (2017)

It (2017) no es en realidad una historia de miedo, sino una historia sobre el miedo. Entendida de manera literal podría llevarnos a la decepción, aunque ahí está su fondo pop romántico de los años noventa, las bicicletas, las historias de instituto o de calle donde aún no había penetrado la malvada tecnología, y un aire que nos retrotrae a títulos como Stranger Things o Super8. No es solo una cinta de terror, sino una analogía que intenta vertebrar cierto tipo de descripción sobre lo que es el «terror» y lo que nos asusta. A un nivel simbólico y analógico a este tema, el filósofo Krishnamurti dejó dicho que «el miedo destruye el amor», o sea, que la única forma de entendernos con la vida es, como también diría Jodorowsky, «enfrentando al monstruo». Es bien conocido en la psicología que la única forma de plantar cara a un trauma es transformándonos en aquello que nos asusta: la sombra jungiana reptando por nuestro inconsciente, otra vez. El gran logro de Stephen King y su libro, o el de esta película, es el de haber intentado no solo acercarnos al miedo y sus diferentes caras, sino el de hacer una radiografía del terror primitivo, de aquel que ya coexistía con las bestias y la oscuridad desde el principio de los tiempos.

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Vertigo

Vertigo ha dado al cine lo mismo que Prometeo dio a la humanidad robándole a los dioses: el fuego, la cultura, la máxima expresión del arte. Hitchcock sabía cómo mantener el suspense y así lo demostró en una de sus cintas más autobiográficas, posiblemente uno de los mejores legados del séptimo arte. No solo por su cuidado con los símbolos, sino también por el magnífico uso de la música, los colores e incluso los movimientos de la cámara, ese gusto a cine clásico que no envejece. El maestro del suspense creó con esta una de las películas más valoradas, debatidas e interpretadas de todos los tiempos, por algunas indudables razones. Sin saberlo, el autor estaba haciendo filosofía al tiempo que jugaba con sus títeres, esto es: con los actores que de buena gana escogió o con los que al fin y al cabo tuvo que conformarse. Vertigo es también un lloro del cineasta al abandono, o sea, a lo irrecuperable. Funciona, además, como autopsia de la figura del doble llevada a los extremos. También nos explica lo terrible de querer transformar a los otros, la cantidad de traumas que esta huella deja en las personas de lo que también nos habló Ruby Sparks. El trauma por perder un amor y el consecuente duelo está en toda la literatura amorosa desde hace dos milenios, así como lo reflejan otras películas de la talla de Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Shutter Island o Inception, siempre desde diferentes prismas. Si Vertigo nos habla de la obsesión por el pasado o la imposibilidad de superar la pérdida, del vano intento en los hombres por intentar recobrar lo que ya se fue porque «es demasiado tarde», también su creador, obsesivo hasta la médula, nos enseñó que el cine está hecho de detalles: detalles que responden a una caricia necrofílica, al amor a un fantasma, al vértigo que nos decía Kundera que no partía del miedo a caer, sino que, por el contrario, podría tratarse de la definitiva «atracción a dejarnos caer».

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La seducción

Sofia Coppola decide volver a hablarnos del amor y las mujeres en La seducción. Con la guerra secesionista americana como telón de fondo, siete chicas que conviven aisladas y bajo el mandato de una sola mujer, acogen a un soldado herido en su casa, volcadas por un sentimiento que oscila entre la hospitalidad, la curiosidad y, por último, el morbo. La supuesta paz en que conviven estas mujeres se verá puesta en entredicho al nacer el deseo prohibido en varias de ellas. La directora ha sabido cocinar un filme de muy buen gusto, un cuadro lorquiano con el que dirige una exquisita descripción de la represión sexual femenina y las temidas o fatales consecuencias.

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Dunkerque

Dunkerque, firmada por uno de los grandes realizadores de nuestra época, Christopher Nolan, acierta en las sensaciones que crea y también falla en cómo nos las cuenta. La humana sensación del pánico y la ansiedad del no saber qué, están ahí, la pérdida o el miedo colectivo, acompañado por una música de necesitar respirar y el sonido de las bombas en la playa francesa frente al ataque nazi, pero no empatizamos con los personajes, no sentimos su dolor ni su sufrimiento, porque apenas los conocemos, dado que al llegar a la espectacular música final de Hans Zimmer uno siente que, habiendo pasado todo, no ha pasado nada… Es acertado intentar dar una vuelta de tuerca a los filmes bélicos, pero un servidor tiene el presentimiento de que no fue este el género fílmico para alguien de la talla de Nolan.

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