Sibilario (Ana Sofía Pérez-Bustamente)

Sibilario se compone, como las grandes obras dramáticas, en tres partes: uno, «Cimientos»; dos, «Las dimensiones del teatro»; tres, «Sibila sexta». Este poemario, publicado por Ediciones Rialp en su colección «Adonáis» tras su victoria en el Premio Alegría del año 2018, es uno de esos libros en que la poesía se abre paso dentro de una función arquitectónicamente lírica, conjunto de un escenario que podría tener como telón de fondo la construcción de la Capilla Sixtina en la que todavía deslumbran y alumbran los inmensos frescos de Miguel Ángel. Ana Sofía Pérez-Bustamente, doctora en lengua española y profesora de la Universidad de Cádiz, ha conjurado entre las páginas que recorren sus versos a los fantasmas de los que ya no están y a los vivos con los que todavía dialoga. Su labor como docente ducha en el campo poético, se hace visible en esta creación, homenaje constante donde la intertextualidad hace renacer versos de Machado o Gil de Biedma. Así, los tópicos de la infancia perdida y la vejez que asoma aparecen como constantes caras de una moneda donde «Lo peor no es ser viejos. Lo peor es, acaso, / sospechar que es mentira», donde la cruz aparece montada sobre la estructura orgánica de todo un discurso religioso en el que también conviven, tanto en el Edén como aquí en la tierra, un elenco de personajes que se hacen de carne y hueso, Eva, Salomón, David y Goliath, Judith, Ezequiel y tantos otros referentes bíblicos, junto a los humanos que pasaron por su vida: todos sus alumnos, su madre, sus hijos, un taxista cualquiera que representa en «Taxi driver» esa capacidad de habla con un desconocido que confrontaría toda la psicología moderna. En fin, es Sibilario en suma una poesía iluminada, una poesía que aspira a la iluminación del individuo y que reza en este marco poético que sabiamente ha construido la autora, donde los demonios de su alma poética exigen alguna clase de liberación personal, donde al fin descansan todos los vivos y todos los muertos a los que se rinde, una rodilla tras otra, la belleza.

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The Haunting of Hill House: una interpretación sobre el amor

Hay veces en las que el miedo vence por cobardía, porque el amor deslumbra demasiado como para tener el valor de enfrentarlo. Tal vez el miedo también gana la partida cuando no somos capaces de enfrentar el horror, de asumirlo, por lo que le damos forma antes que a la lógica. Una habitación roja, una casa encantada y una familia con demasiados secretos que se ocultan en la cabeza de un padre asustado: si se acepta la metáfora, sobre esto es lo que versa The Haunting of Hill House, la nueva propuesta de horror en forma de serial de Netflix. El miedo es la excusa, el puente para hacernos acceder a la historia; al fin, la lágrima y el mensaje aportan el contenido, nos enseñan el valor de lo que habíamos olvidado, nos acercan al significado del hogar, lo que significa reconciliarse con todo lo que habíamos tapado en una habitación maldita por no querer enfrentar los fantasmas que nos acechan. Por eso: «ghosts are guilt, ghosts are secrets, ghosts are regrets and failings. But most times… most times a ghost is a wish». En el fondo, aquí atisbamos esa milenaria lucha entre el miedo y el amor de la que nos hablaba Krishnamurti. Esta narración puede disfrutarse como un mero puzle de enigmas. También, claro, tal vez sea lo que más importe, podrían interpretarse estos diez episodios como un alegato de regreso al amor, ese inútil desgraciado al que a través de nuestros fallos, nuestros miedos y nuestras culpas habíamos acabado convirtiendo en un fantasma, incapaces de entender que la única forma de crear un hogar es no quedándose en el medio, es haciendo, es dando, es sintiendo, es lanzándote sin vaguedades hacia todo lo que algún día dejaste por hacer. Porque al final solo se condena aquel que por miedo nunca supo lo que era estar vivo. Este mundo, cargado de fantasmas sobre los lomos del horror, todavía tiene salvación, todavía puede llegar a ser un hogar.

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Alpha: quiénes somos

Uno nunca puede estar cien por cien en lo cierto sobre lo que piensa, pero creo que el motivo por el que Alpha nos llega a tocar la fibra sensible tiene que ver con algo más profundo que el hecho intrascendente del amor a nuestras mascotas. El director nos quiere conducir a la lágrima y sabe cómo hacerlo, dentro de esta historia de amistad y salvación entre un lobo y un niño-lobo. La película apenas tiene actores; sencillamente dos protagonistas: el chico y el animal, Alpha, que nos hará identificarnos más allá de la lástima y el aullido. Detrás de la alegoría que explica el origen de los canes, pareciera que se esconde un mensaje aún más profundo dentro de nuestro cerebro primitivo, que es posiblemente el que nos habla in crescendo, al mismo tiempo que la música, a medida que se acerca el final y el telón pide su turno. En el fondo, más allá del amor a los animales, de lo que esta película viene a hablarnos es de la confianza en el otro, de indistinción entre seres, de lo que todos alguna vez fuimos y vemos al mirar o al mirarnos en los ojos de otro ser vivo; de que, en definitiva, posiblemente, seas lobo, tigre, pájaro, mujer u hombre, todos tenemos esa intuición, porque sabemos que el origen de nuestra existencia forma parte de lo mismo.

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El festín de Babette

Es de presuposición que la comida significa para nosotros, como cualquier otro placer carnal, no solo una forma de conocimiento, sino un gozo, una manera de contentar nuestro cuerpo, al tiempo que nuestra mente lo agradece. Pero la mente no siempre es lugar para el hedonismo. Existen corrientes espirituales, desde las primeras religiones, los místicos, hasta la meditación oriental, pasando por diferentes tradiciones que hablan del ayuno y de la abstinencia, que basan su estilo de vida en la sobriedad, en la terrible idea de que el cuerpo es un mero esclavo del espíritu. ¡Con cuántos látigos se fustiga a sí misma una persona! El festín de Babette, en este sentido, es un canto al placer, un alegato a la vida. Imaginen dos hermanas en una aldea perdida de Dinamarca. Hace mucho, mucho tiempo. Se enamoran pero nunca consiguen a un hombre. Viven en la más modesta sobriedad de una vida rupestre dedicada a la contención. De comida: sopa y verduras. Un día, acogen a una francesa en apuros que ha perdido su vida entera en la Revolución Francesa, que por tanto busca asilo. Se queda a vivir con ellas y un buen día, así es la suerte de los pobres (pero solo en las películas), le toca la lotería. Para celebrarlo, el día que conmemoran la muerte del pastor de la aldea, ella decide hacerles un regalo: va a preparar una cena “a la francesa” para las hermanas, para todos, porque se siente inmensamente agradecida. Ellos deciden guardar silencio porque no pretenden ser cómplices de la culpabilidad, porque no quieren sentirse partícipes de pergeñar un crimen de estas dimensiones. Llega el momento esperado: la cena. Algo cambia. Aparece la magia… Esta aclamada cinta de cine danés nos habla de transformación, de la conversión que son capaces de experimentar aquellos que vivieron en la sombra, de aquellos que de estancia en la caverna platónica, de repente un día salen y sienten la luz del sol. La película de Axel se contrapone a un gesto de desprecio hacia la vida. Es así únicamente que nos refleja en el espejo la naturaleza de la salud humana.

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Martin (Hache) o la explicación del desarraigo

La experiencia del desarraigo no tiene que venir necesariamente del exilio, a veces comienza en tu propia casa. Esto es lo que le ocurre a Hache en las sucesivas desgracias de las que se compone su joven vida: la figura de un padre ausente, una madre egoísta y un mundo circundante al que no siente que pueda pertenecer. La cantidad de filosofía que desprende cada diálogo de esta película se la debemos a la magia de Adolfo Aristarain y a los fabulosos personajes que aparecen desperdigados dentro del cuadro: ahí están aquellas famosas y contundentes frases sobre la cópula de las mentes y la importancia de la inteligencia, las reflexiones sobre el invento de la patria y la estupidez de la nostalgia. La vida pasa ante una cámara de vídeo y el mensaje de un hijo, fantástico papel de un jovencísimo Juan Diego Botto, que se despide de su amado padre, a pesar de las ausencias, de la infancia o el futuro robados, de la terrible sensación de existir en una dimensión donde uno se siente ajeno a todo y a todos. Martin (Hache) habla de lo que es la vida, al fin, del camino que solo se hace andando. Irónico como debe serlo el arte, que es otra cosa a la vida, el propio Federico Luppi, que dentro del filme encarna a un padre que recupera el amor a su hijo, nunca reconoció en vida la existencia de aquel que sí lo fue en las páginas de su propia biografía. Sin embargo, la moral es otra cosa, esta película sentencia todavía lo efímero y lo inconsistente que somos todos nosotros, lo importante que se hace atravesar la insignificancia sobre la que escribió en sus novelas Kundera, en fin, de saltar siempre sin miedo a lo que venga y hacia el vacío.

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