Melancholia o la danza de la muerte
Si Freud dijo que la melancolía era el principio de la depresión, la película que nos ofrece el director danés puede ser la más clara representación de ese análisis clínico. De corte figurado, Melancholia va más allá de lo que podría ser un simple filme de ciencia ficción sobre el fin del mundo. El crítico Fredic Jameson hablaba del arte supremo por sus cualidades alegóricas. Es decir, que existen obras simples y obras complejas. Obras que, sin divagar demasiado, te presentan los hechos tal cual, como podría ser cualquier película de acción protagonizada por Will Smith o Bruce Willis, cualquier vulgar thriller, donde salvar el mundo o darse de hostias hasta el final feliz no es más que un camino entretenido. Y existen otras que normalmente la masa ignora, precisamente por su alto grado de complejidad, ya que requiere la mirada atenta de un público activo. Son estas últimas las que entrarían dentro del cuadro de las alegorías, donde existe un mensaje, profundo, que si atendemos solamente al plano de la acción en la película nunca atisbaremos. Yo hablo de películas psicológicas porque en el fondo responden a preguntas que solo están dentro de nosotros mismos, que solo podemos responder hablando con nosotros y no con el mando de la televisión o las palomitas que nos ofrecieron en el cine.
Melancholia no puede entenderse si no le buscamos la alegoría. Por supuesto, cada uno podrá tener la suya. Aunque hay una clara, por encima de todas las demás, que puede resultar apasionante y terrible al descubrirla. Al parecer Lars Von Trier pasó una depresión hace no mucho tiempo. Si entendemos la obra de arte como una plasmación indirecta de la vida de sus creadores, el inconsciente político del que hablaban los críticos marxistas, queda claro de lo que quiere hablarnos el director en su última película. Entendemos por qué Justine se comporta como si nada le importara en su boda, por qué esos silencios y esa mirada perdida que nunca desaparece, por qué la sonrisa forzada y por qué la aceptación final de que el planeta Melancholia viene a destruirnos. A medida que Melancholia está más cerca, Justine está más relajada e incluso se ofrece en cuerpo y alma a la inminente muerte (recordemos la escena en que, desnuda, se deja deslumbrar por la fuerza luminosa del planeta), a diferencia de su hermana que, como loca, porque pertenece a la otra esfera de la vida, la que no está enferma, busca en vano y desesperadamente huir de la muerte o encontrar una clase de salvación (recordemos la escena en que llora e intenta huir al pueblo con el niño). Entendemos por qué incluso en la noche de bodas Justine solo quiere dormir y dormir, porque el mundo ha dejado de ser interesante.
Entonces tenemos el cuadro completo. La melancolía sin cese conduce a la depresión, la misma que el director pasó hace unos años. Supongo que alguien que haya pasado por lo mismo puede identificarse mucho más con esta película, tendrá más en consideración los más ínfimos detalles. No es una película sobre el fin del mundo sino sobre la depresión. El fin del mundo y el planeta Melancholia son una metáfora sobre esto, porque en ese estado uno siente que el fin del mundo está cerca, que todo se desvanece. En la película entonces no importa la acción, pues si nos fijamos en esta evidentemente acabaremos pensando que se trata de una película aburrida y sin sentido. Se trata entonces de mirar más allá, de focalizar en los detalles, en las reacciones de los personajes ante la muerte, de analizar lo que simboliza esa «danza de la muerte» que significa para algunos la llegada de un nuevo planeta arrastrado por el alarmante nombre de Melancolía.
Escrito en: Esteticismo Etiquetas: depresión, fredic jameson, freud, kirsten dunst, lars von trier, melancholia, metáfora sobre la depresión
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