Jekyll o el amor psicópata

Jekyll

Jekyll se vale precisamente de todos esos recursos que en el medio audiovisual priman como lenguaje del arte. Desaprovecharlos no es excusa; no nos engañemos, la ingente cantidad de basura a la que asistimos hoy día viene precisamente de esa inutilidad procreada por el comercio de lo rápido y lo taquillero. En este círculo de increíbles acrobacias visuales entran en rigor varias cosas a destacar: el gran reparto de actores, el absoluto genio de James Nesbitt, la inteligencia de Moffat, la hermosura de Michelle Ryan, pero sobre todas las cosas, la interpretación del ya mencionado protagonista. Con un poco de maquillaje y distinto color de ojos es capaz, mediante la modificación de los registros y tonos de voz y las muecas y gestos faciales, de convertirse en otra persona. De ser Jekyll a Hyde. El espectador no es tonto y lo asimila desde un principio: estamos viendo a alguien completamente distinto, a la antítesis de ese hombre tan humano y hastiado, a la conversión de un adulto en un “niño” sonriente y repleto de una fuerza indescriptible. Es ahí donde vemos como lo visual tiene los trucos que, por ejemplo en literatura, no se exhiben: el juego de lo no-verbal y la magia de los silencios, donde la música y el escenario entran en acción; y de aquí es de donde puede nacer la materia prima para un medio con tanta potencia como el audiovisual, atravesando nuestras emociones con la plástica de la vista.

Jekyll nos remite a la famosa historia del gran Stevenson y la rescribe de una manera sencillamente astuta e inteligente, adaptándola con una modernidad absoluta. En el fondo la historia de Steven Moffat sigue tan pura como antaño en el papel, porque el mensaje de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde no deja de ser una metáfora universal: todos comprendemos que esa otra persona es el lado oscuro de nuestra imperfecta humanidad, nuestro ello y nuestras ganas refrenadas. Son muchas las versiones tanto en cine como en televisión o en la propia esfera literaria que se han bañado con esta metáfora para recrearse en el arte, pero son pocos los productos que, como éste, innovan. Jekyll es una miniserie de seis intensos capítulos en la que en cada episodio se despliegan sus más preciosos avatares: una atmósfera oscura y desarmada de encanto, una música y unos planos que nos traen presagios vampíricos, una sangre de psicópata y de amor, o de amor psicópata, una suerte de escenarios y personajes que en muy poco tiempo se ganan nuestras ganas. El visionado no es obligatorio, pero resulta un placer confesable.

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