Madrid: una ciudad zombificada

He visitado una ciudad zombificada, en donde abunda el odio y la prepotencia, la asfixia. No sólo hay frío al aterrizar, sino también en los ojos de la gente que viaja en el metro. Tuve la sensación de hallarme ante una ciudad de delincuentes, nada más descender del autobús, mientras mi cuerpo temblaba a una velocidad vertiginosa por la consecuencia del frío y también seguramente por la raja que se había abierto en mi pantalón por la zona del culo. He cogido cien metros en dos días y he sido observador de la depresión a la que se sume su gente, personas que no hablan ni sonríen. A veces tuve la sensación de ser el único que hablaba en cada vagón, como si una especie de idiota se hubiera adueñado de mi cuerpo y de mi boca.
He visitado varios museos como todo buen turista. La primera mañana anduvimos por la Puerta del Sol y estaba todo en obras. La realidad es que tuve la sensación de estar todo el viaje inmerso en una ciudad en obras, una ciudad que intentaba reconstruirse ante la podredumbre a la que se enfrentaba. Había pocos rayos de sol, cada uno lo captaba como si fueran pequeños resquicios de la esperanza de una Gades que había abandonado y ya echaba de menos. La Real Academia de Las Bellas Artes me pareció interesante, a pesar de las guías que me observaban como si fuera un golfo peligroso y del sueño que me cerraba los ojos. Hubo un cuadro de un hombre llamado Antonio Carnicero que se hizo con mi memoria todo el rato, era fascinante el infierno y al mismo tiempo el edén que se podía respirar en él. El famoso Museo del Prado me concedió vistas hermosas, pero tanto santo y tanta leche religiosa me ponía un poco enfermo, casi nervioso. Me gusta el Goya oscuro y tétrico, el de las parcas y los hambrientos Saturnos; el campestre se puede ir a tomar por culo, es repetitivo y, como los poemas de Machado a los campos de Soria, me aburre. Sin duda los cuadros de El Bosco o Patinir son algunos de los más admirables del recinto. También visité el Forum de la Caixa, me quedé asombrado ante el trabajo de un fotógrafo que había estado en Camboya, para retratar la pobreza de ese mundo bélico que todavía intenta renacer como el fénix de sus cenizas, para retirar la indecible cantidad de minas antipersonas, para retener el llanto de una cultura destruida pero que aún tiene esperanza en su futuro.
Estuvimos en el Jardín Botánico y nos llovió, por lo que tuvimos que refugiarnos primero entre unos árboles, en el lugar que vi una estatua que lloraba y las lágrimas convirtieron su teatro en una realidad bastante irónica, y más tarde en los servicios de señoras (y señoritas). La lluvia caía como ácido sobre la tierra del parque cuando entró una señora en el baño. Al salir abrió su magnánimo paraguas y nos dijo: «Llueve, ¿eh?», y tuve la sensación de que el tiempo se había parado aunque la señora siguiera andando y se fuera dejándonos atrás, resguardados del frío, enfrentándose ella sola al mundo. Entramos en una exposición asquerosa de maquetas aburridísimas pero vi una pared negra que me fascinó por su color ónice y la música que sonaba por encima de ella, que tranquilizaba. Estuvimos por el centro de Madrid, y visitamos muchas calles, además de Atocha y Espíritu Santo, donde pasamos la noche en un albergue de estudiantes algo cutre pero simpático. Las paredes estaban recubiertas de unos graffitis que me emocionaron por sus colores chillones y juveniles. Comimos en un Museo del Jamón donde el camarero nos llamó subnormales por preguntarle dónde estaba el servicio. La gente nos miraba con desprecio mientras comíamos el bocadillo, sentados en un portal, como si fuéramos cucarachas que habíamos ido a parar a su asombrosa y multicultural ciudad de catetos con chaqueta. Devoramos una paella que no estaba muy rica, pero se apetecía, y en la plaza del Centro de Arte Reina Sofía unos espectáculos de gente disfrazada animaron un poco la tarde lluviosa y nublada. También fotografié a un trompetista en medio de la calle que tocó para mí cuando el objetivo enfocó a su arte.
Hubo un hombre sentado en un banco cuando salimos de un museo que me pareció ser alguien famoso, tal vez un escritor. La cosa es que el hombre lo observaba todo y lo escribía en su libreta, para acto seguido levantarse e irse con el andar típico de un “artista” (eso me dijeron, yo no sé cómo andan los artistas).
Hemos estado en la plaza Mayor, que es como cualquier otro plaza sólo que está en Madrid. Y vimos la catedral, que sí era bastante bonita y además había una nube por encima de ella que me parecía dibujada por Cupido. Visitamos la Fnac, en donde había una cola enorme de personas que asistirían a algún evento del que ni me enteré, algunas librerías donde pude hacerme con libros de Gamoneda y Loriga, y diversas tiendas de ropa en donde tuve que contener mi ansia capitalista. También pude conseguir un muñequito de The Scream, el famoso grito de Munch que a tanta gente compunge. Me compré ropa para vencer un poco el frío y la vergüenza, hice muchas fotos y saboreé la inconsciencia de un metro deprimido y una gente que parecía caminar hacia alguna parte pero sin quererlo. Las prisas del aeropuerto me parecieron más normales, pero tampoco me gustaron. Me llevo cantidad de recuerdos hermosos pero también un impacto, un choque de oscuridades que todavía me nublan la razón. Creo que no podría vivir en una capital, a pesar de sus múltiples facilidades, de sus buenos bares, sus enormes tiendas y centros comerciales, sus aeropuertos, sus comunicaciones y sus monumentos genialísimos. Me conformo con el encanto sencillo de Gades, su naranja eterno.




Rectificaciones: yo vi el potencial de la pared negra. Sin eso, no tendrías esta maravillosa y potenta foto para este artículo… Me gusta la mezcla cronológico-espacial de tu texto, parece todo un sueño: Madrid como una nube…
Un texto muy personal, tal vez demasiado… Parece ocultar unas de las bellezas de nuestro viaje…
Me gusta tu sinceridad y tu desenvoltura.
Córtame las alas…
Compañero, un señor artículo lleno de belleza en la línea de lo que sueles escribir, me encantan.
También decirte bien alto: “Bienvenido a las grandes ciudades”. En Barcelona todos tenían prisa, el metro era algo más animado que el de Madrid pero todo estaba envuelto en una atmósfera de oscurantismo y criminalidad. Barcelona tiene un aire más puro que Madrid (en el que ya he estado unas 4 veces más o menos) y se respira mucho mejor, el mar ayuda mucho.
Madrid es una ciudad en obras, cuando yo fui la úlima vez la Puerta del Sol estaba levantada casi por completo y cuando fueron mis padres aún más recientemente lo estaba la calle Serrano (zona de tiendas de lujo) al completo. Parece ser que el señor Gallardón quiere construir una nueva ciudad encima de la antigua, no sé dónde tendrá el dinero.
Veo que has visitado muchos museos, eso es bueno, porque hay muchísimas cosas que ver. Es normal que el Prado tenga tanta obra religiosa, hasta hace pocos años los únicos que tenían pasta eran los de la Iglesia así que… A veces pienso qué obras tendríamos si la burguesía hubiera aparecido antes, seguro que podríamos admirar muchas más obras en las que el autor haya dejado libre su espíritu creativo.
Me alegro que te lo hayas pasado bien en tu escapada a Madrid, eso no se puede hacer todos los días. Aunque haya habido cosas que no te hayan gustado te llevas la experiencia. Me da mucho coraje la gente que dice “Ay mi Cadi, mi Cadi” sin haber salido de Cortadura en su puta vida, ahora lo afirmarás con conocimiento de causa XD.
Ya quedaremos estos días y nos enseñaremos las fotos de nuestros viajes y Air Force Pilot que está sufriendo avances considerables. ¡Dentro de poco estará!
¡Saludos!
PD: Anda que no he pasado yo veces por el Museo del Jamón de la Puerta del Sol de Madrid XD.
Es tal cual al describes. Pero con este texto le has dotado de cierta belleza a la fría y zombificada Madrid. Es uan ciudad despierta y dormida.
un beso,
Mun
Entre la multitud nos perdemos, entre la multitud a veces, nos dejamos arrastrar como zombies, pero a mí Madrid me da otra sensación diferente…supongo que aquí viene acertado eso de “Yo soy yo y mis circunstancias”….Me gusta el metro, el ajetreo y ese estres que puede respirarse…
¡Mucho he tardado en pasarme por aquí!
Genial lectura, aunque a diferencia tuya, a mi me gusta todo lo que tiene una gran ciudad y considero que vivo en una (2 millones de habitantes tiene Valencia). En lugar de verla como “una ciudad momificada”, la veo una ciudad en la que cada uno tenemos nuestros asuntos; una ciudad con prisas y calendarios que debemos cumplir.
Ignacio, hombrepordios, Valencia no tiene nada que ver con Madrid. Yo he estado en Valencia, y allí se respira el aire del mar, el mediterráneo, la forma de vida estoy seguro -apuesto- a que es muy distinta que en Madrid. Al igual ocurrirá en Barcelona, que es “la otra capital”. Me refería exclusivamente a Madrid, y tampoco la juzgo: es sólo la sensación de choque que me dejó tras estar dos días por allí. Tal vez en otro momento me hubiera causado una distinta, aunque tampoco lo creo.
Rebienvenido, por cierto.
: )
Me quedo con cada palabra que has escrito en esta publicación.
Visité Madrid hace unos meses, y mi impresión fue bien parecida, lo comenté aquí y allá pero no podría haber descrito la ciudad de una manera tan… “perfecta”, sutil, bella donde no se es.
Me ha gustado leerte;)
Un beso!
Ah, madrid… unos de esos sitios a los que se tiene que ir, sin duda. Tan lejos (para mí) pero que por qué no se merece alguna escapada.
Por cierto, parece que la foto la ha echado un fotografo profesional, no por nada, no por ti; sino por el fondo.
Bezitoz