Bélgica: el otro encanto

A menudo no sé si las cosas que escribo sirven para algo, ni siquiera si me sirven a mí mismo. Ahora entiendo que lo único que necesito es transmitir lo que he sentido, visto, oído, tocado, todo lo que en diez días ha sido una maravillosa experiencia, una suerte de magia, excitación, delirio y descubrimientos, un viaje enriquecedor con el encanto del norte que en absoluto guarda relación con este de aquí al que servidor está acostumbrado desde hace veintiún años; y todo eso que necesito transmitir es lo que seguramente nunca haga, porque quedará solamente guardado en mi retina, en mi traidora memoria. Pero puedo invitarles a probar un bocado de lo que he experimentado, de lo que mis ojos, boca, oídos, olfato y manos han descubierto con el mismo embrujo del niño perdido, del niño que sube como una onda hacia el cielo inhóspito, del niño que aprende a hablar y a la vez conoce el mundo.
He viajado a la fría y bilingüe Bélgica, la Belgique para los enamorados del francés como yo, aunque todavía no lo entiendan lo suficiente. Me deslicé por el cielo en un avión cualquiera, mientras mis ojos se abrían al tiempo que las nubes al cielo como un edén de espumas navegantes, solitarios personajes de los cielos abandonados que ahora tan sólo cruzan bichos voladores, gigantes armas de metal que se atreven a poner alas en el gobierno de los dioses. Me perdí por las calles de Liège y visité el Village de Noël, bebí vino caliente y compré un cómic belga repleto de dibujos fantásticos, escuché dialectos que seguramente no recuerde y pude comprobar la necesidad de tener una calefacción en las casas de estos lares, la maravilla que es ver nevar al despertarte y salir a un jardín verde y blanco, inmerso en la metamorfosis perfecta. He sido pasajero oculto de vagones viejos, he cogido algunos trenes y autobuses y he visitado Bruxelles, la capital de Europa y de Belgique, donde pude comer el mejor gofre de toda mi vida, donde pude tocar una estatua que dicen que da suerte (excepto sus partes íntimas, me pareció un poco grosero) y para la que la gente se agolpaba como si su vida dependiese de ese visceral momento de estupidez y redención divina. Observé al Mannekenpis, el muñequito de chocolate que mea, símbolo belga que demuestra la suciedad tan sabrosa a la que están condenados en aquellos territorios de patatas, cervezas, vinos y chocolates. Visitamos la Grand Place de Bruxelles y más mercados de Navidad, calles repletas de tiendas y gente y comerciantes. Le di de comer a un pobre y creo que ese día hice feliz a alguien que no conocía.

Estuve a pocos pasos del Atomium mientras me deslizaba casi por el hielo. También estuve en Tournai, donde comí patatas fritas de verdad, o sea, frits hechas con grasas supermalas y asquerosas, lugar además donde pude conocer a mucha otra gente, cenar en un lugar de «tapas» y ver los fuegos artificiales en la Grand Place de Tournai para el fin de año, maravilloso recuerdo que creo que jamás olvidaré, al tiempo que otros imbéciles (porque también los hay por allí) gritaban todo el rato bonne année por la ventana y resucitaban el espíritu que seguramente muchos habían perdido de gritar y disfrutar por el simple hecho de hacerlo. Pude bailar al espíritu de mi musa en Luxe’s, una discoteca belga que me pareció apropiada para un acto como aquél, pude ver rostros exóticos y conocer que las cosas no son tan diferentes en un lugar o en otro. Que la gente es la misma, sólo que se han educado de otra manera, que han aprendido cosas distintas, que hablan por tanto en otra lengua que todavía desconoces, y aún así creo que hice grandes progresos y me he vuelto casi trilingüe, que he podido comunicarme con gente en inglés, en francés, y a veces en español (¡qué alegría al conocer a alguien que hablaba mi idioma tras tantos días inmerso en una sociedad completamente distinta de la mía!).
He conocido lo que es estar solo de verdad, en el sentido de que uno sólo se expone a tal cosa cuando no puede comunicar lo que quisiera y como quisiera, cuando a veces se tiene que resignar a la simple observación y al ser «el extraño», el extranjero, al que todos miran y aún así, como dice Quique González, «en todos los lugares me siento un habitante más», porque formo parte del mundo y descubrí, a diferencia de lo que pensaba y creo que muchos piensan, que las personas, hablen el idioma que hablen, tengan el color que tengan, son siempre las mismas y son lógicas y también pueden entenderte y tú puedas entenderlas, aunque hayas pasado toda tu vida encerrado en un lugar donde las cosas eran tan limitadas. Creo, pese a todo, que uno sólo puede fortalecerse al vivir este tipo de experiencias, al sentirse extraño y abandonado, para poder tomar el rumbo de uno mismo. Ha sido una experiencia de choques e intensidades, y como tal tuve a veces que llevarme un manotazo en la cara y otras cerrar los ojos para decir «c’est genial, magnifique, incroyable». He tenido la suerte de encontrarme con los mejores cacaos, de probar y llevarme de vuelta una considerable cantidad de chocolates Leonidas y Cote d’or, de beber cervezas de marcas extrañas y de probar galletas supersabrosas típicas de Flandres. Apenas he tenido tiempo para leer los libros que me llevé ni para pensar en español; a menudo incluso olvidé palabras o expresiones de mi natural idioma, lo cual me demostró el agobiante pero fascinante esfuerzo que estaba obrando al verme obligado a hablar, en definitiva, vivir, en otra lengua, con otra gente, en otro país, con otra dieta alimenticia, con otros protocolos (a ver cuándo se impone aquí lo del saludar con un sólo beso y no dos).
Estuvimos por fin antes de acabar el viaje en la famosa y enigmática Brujas, la Bruges de nieblas y oscuridades, de canales que cruzan la ciudad como una Venecia belga, ciudad mezcla entre medieval y moderna, donde todo se confunde y uno vive como si hubiera escapado a un limbo de secretos que nunca podremos contar; lugar en el que puede verse pasar un carro de caballos al tiempo que un audi de última generación. Conocí la lluvia fina y completamente distinta a la del sur de España, hecha un torrente y una lástima por el levante; conocí lo que es vivir mojado sin sentir estarlo y, sobre todo, descubrí lo que era saber que el día se acaba a las cinco porque ya ha anochecido, cambiar los ritmos, los horarios, el idioma, la vida. Puedo entender ahora a esa gente que piensa que el mundo es infinito, que nunca nada se ha acabado, que somos unos completos ignorantes, insignificantes motas de polvo en un desván eterno. Toda esa gente que me acogió y me habló y me respetó y me regaló y se ocupó de que me sintiera más cómodo, aunque irónicamente es posible que nunca lean esto porque no conocen el español, sabe que je suis enchanté et merci pour tout, parce que le monde a été magnifique avec eux. À bientôt, o, dicho en dialecto belga, à tantôt!





Belgica es un maravilloso país!
Y dios has trasmitido más en una entrada, que yo en todo mi blog!
Un abrazo!
Precioso. Las sensaciones que describen parecen sacadas de un cuento, de un libro, de una historia que se ve sólo si la lees, y siempre siendo ese extranjero.
¿Ganas de ir para vivir la mitad de lo que cuentas? Muchísimas.
Me ha gustado leerte =)
Un beso y a ver si te dejas ver por mi rinconcito, que pese a no ser tan bueno cmo el tuyo, sigue siendo mio^-^
Sólo unas palabras al leerte:
Sonrisa
Calor
Jean Ray
Orgullo infinito
Satisfacción eterna
Agradecimiento
Amándote desde mi nativa comarca, que siempre seguirá en mi corazón y en mis actos de vida.
Y que al satisfacer tu necesidad no presientes, porque sería de necios hacerlo, que a quien te lea le resularás tedioso o machacón, pues, muy lejos de eso, inspiras frescor, infundes júbilo y, qué coño, suscitas la más rastrera envidia. (Créeme: ve lo que quieras en lo que digo, pero ni te imagines que oculta capciosidad.)
Un saludo, y a seguir así.
Yo debería describir mis viajes así, como tú. Y mostrar todos esos detalles tan humanos, que parecen insignificantes, pero que nos unen o nos separan, allá donde tus pies caminan, por nuevos sitios.
Viajar es una necesidad para mí. Me alegro de que tu viaje haya sido tan fructifero. Y estoy deseando visitar Bélgica!
Conozco a alguien que viajó a Bélgica y quedó impresionado y ahora tras esto… apunto Bélgica como sitios a donde viejar ^^