Toy Story 3: la permanencia y el cambio

Toy Story 3

Toy Story 3 viene a hablarnos sobre la permanencia y el cambio, esa franja tan difícil de superar o incluso de comprender, a veces, para el ser humano. Si Heráclito aseguraba que todo fluye y está en constante movimiento, la película viene a confirmarnos que nuestra existencia no es guiada más que por el absurdo de este y la aceptación del mismo. La excusa argumental, la humana –que es la que da vida a esa segunda esfera que al final siempre fue la principal en la historia, la de los juguetes, la ficticia– nos conduce a un Andy que se hace mayor y tiene que marchar a la universidad. Los juguetes tienen miedo porque evidentemente se trata de un cambio importante: a esa edad los niños –normalmente impulsados por sus madres o por lo que estas representan: la sociedad– crecen y, como consecuencia lógica del mundo con las cosas, donan sus juguetes o los tiran a la basura.

Los objetos, como los olores, tienen un sentido de permanencia importante. Desde el osito de peluche que te regaló tu novio cuando empezasteis una relación, hasta una prenda de vestir que ya no usas porque la consideras de una etapa pasada, todas estas relaciones del objeto con los recuerdos influyen sobre nuestra conciencia, la calan, la hunden o la reflotan. Porque somos seres inmateriales pero sobre todo materiales; estamos unidos a las cosas, a nuestra habitación, a un libro, a una persona, a una casa, a un despertador. Las personas que, nómadas, deciden aceptar mejor el cambio y navegan subidos a lomos de este a lo largo de toda la vida, son aquellas que superan mejor el golpe que pega a veces la costumbre a estas cosas en las que almacenamos nuestra memoria; el que descubre que de verdad los objetos importan, pero que estos, tanto como nosotros, tienen tal vez un destino distinto preparado y no podemos permanecer siempre en ellos ni ellos en nosotros, y con ello, por supuesto, las personas o los sentimientos que a estos objetos nos enlazaban, por la sencilla razón de que todo cambia, como decía el filósofo. ¿Que somos animales de costumbres? Tal vez, pero nadie dijo que no podíamos cambiar. La mayor enfermedad humana consiste en el pensamiento de creer que lo que somos, todo lo que permanece a nuestro alrededor, incluso nuestra esencia, son cosas eternas, porque siempre llegará la vida para demostrarnos lo contrario, para tumbar esta cruel mentira. Nos engañaron y quisimos habituarnos porque pensábamos que así sería más fácil.

Existe esa otra reflexión sobre el cambio que nos lanza Pixar: hablo de Lotso el oso, de esa escena magnífica que como un corto se implementa de mil maravillas en esta increíble película, en la que se nos hace ver la conversión de un osito amoroso en un osito odioso, que pasa de la corriente de luz a la de la oscuridad. Entramos en esa alegoría sobre la política y la dictadura, esa cárcel lóbrega y asquerosa que acaba siendo el sitio que al principio parecía una guardería de ensueño, Sunnydale, que, además, es gobernada –cómo no–, por Lotso el oso, ese que es todo sonrisas cuando los que están debajo trabajan como él quiere, pero que resulta ser el demonio cuando las cosas no funcionan como las había estructurado. Además, es una cruda visita a los rencores del alma humana: un ser es perdido y cuando descubre que pudo ser reemplazado por su dueño al instante, se carga de despecho, ira y odio, arrastra consigo a los más débiles y crea, por tanto, una sociedad de represión. La idea de que todos, incluso el más malo, aunque esté equivocado, tuvieron motivos para llegar a hacer las cosas que hicieron, en este caso tomando una circunstancia errónea como venganza basada en un fin que justificaba los medios.

Al final el mal no triunfa y los juguetes pueden volver con su dueño, descubriéndose que este, a pesar de haberse hecho mayor, los sigue anhelando porque, en el fondo, el niño que el mundo ha de castrar cuando crece, sigue existiendo, quizá incluso lanzándonos el hermoso mensaje de que sería un horror que lo destruyéramos, sea cual fuese el momento.

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