Inception, Nolan y la búsqueda de uno mismo

Inception

Abordar una película de la amplitud de Inception es como pretender hablar de toda la historia psicológica y literaria del mundo, lo cual no debería ser una tarea fácil ni pequeña. No es mi pretensión hacerlo, ni tampoco divagar sobre la multitud de cosas que ya se han dicho por todos sitios, pues tan solo escribo para hacer notar mi ilusión por cada nueva película que Nolan, padre fielísimo de blockbusters con profundidad y mensaje, trae al mundo. En el fondo de la imaginería nolaniana siempre persiste un mensaje: la búsqueda de uno mismo en este mundo que a veces nos parece tan terrible y oscuro. Esa búsqueda se puede realizar desde diversos caminos que el director ha ido trazando con amable parsimonia desde que su filmografía y brillante carrera comenzó. En Following tenemos a un escritor que ha perdido su musa y comienza a perseguir gente para encontrarse y, por tanto, poder nuevamente dejarse llevar a los brazos de la creación; en Memento asistimos a la vida de un hombre que ha perdido la capacidad para crear nuevos recuerdos ya que tiene un déficit de memoria reciente, el cual necesita vengar la muerte de su mujer a cualquier precio, y es ahí donde la memoria como identidad indisoluble del individuo se presenta como una verdadera tragedia; en The Prestige hay una competición loca entre dos magos amigos por, otra vez, la muerte de una mujer en la causa obsesiva de la magia, competición que les conduce a buscarse en ellos mismos para encontrar al verdadero mago, el que es capaz de transformar la magia en realidad a través del sacrificio; en Inception nuestro particular mago cineasta se encarga de volver a recoger este mensaje para hacerlo funcionar esta vez a través de los mecanismos de los sueños y el inconsciente, en este caso para poderse liberar el protagonista de la culpa de un amor no superado, para poder elegir otra nueva vida y continuar con ella, importando poco si esta es real o no, ya que lo relevante es que ha podido decidir, enfrentarse a su monstruo y continuar, y es solo entonces cuando Cobb puede volver a ver a sus hijos, símbolo de esperanza y futuro.

Más allá de eso persiste ese otro mundo del que Nolan también nos habla en esta película: el limbo. El limbo como símbolo de perdición del individuo, aquel lugar en el que la locura, es decir, la incapacidad para discernir entre lo real y lo falso, lo sensorial y el sueño, se adueña de la pobre alma que va a parar allí. En The Dark Knight el limbo se trataba también desde el tema del caos, pues el Joker sería la representación de esta ausencia absoluta de identidad para pasar a formar parte del absurdo del mundo. Es un poco lo que nos espera y en cierto modo todos hemos probado alguna vez, si nos salimos de la búsqueda de nosotros mismos, si no buscamos ese sitio que por derecho nos pertenece y está únicamente dentro de nuestra alma. Además, se trata el fatigoso y popularísimo tema de la realidad, además del de lo onírico, que ya desde Platón y Descartes, pasando por Calderón y llegando a Buñuel o Lynch, cada uno con sus muy diferentes enfoques y personales obsesiones, por citar a varios intelectuales, trataron de algún modo. El debate de qué es real y qué no ha sido siempre tarea de personas con mucho tiempo libre, lo cual no es algo necesariamente malo. Matrix causó un pequeño revuelo por esto. Inception se inmiscuye en estos terrenos de otro modo, siquiera comparables. Jodorowsky, que tanto ha tratado el tema del inconsciente, seguramente pensaría que la película es una muestra directa de la psicomagia: cómo un individuo puede meterse en su inconsciente (en este caso de una manera ficticia, a través de los sueños) para liberarse de algunos demonios. El inception, la idea que quiere meter en el otro jovenzuelo, no es más que un pretexto, la parte del blockbuster, la acción necesaria para contar esa otra historia más profunda que habla sobre el alma humana, al igual que los campos de nieve a lo James Bond que tanto han cansado a algunos. Al final el inception nos lo introduce a nosotros mismos, los espectadores, sin darnos cuenta, pues servidor al menos no se cercioró de esto hasta que tomó algo de distancia con la película. Existe además el mensaje opuesto a aquel que otras películas como Shutter Island o Eternal Sunshine of the Spotless Mind pregonaban: la superación de un trauma anegándose en el olvido del mismo, la lobotomización como instrumento de «no sufrimiento», lo cual es un error pues, volviendo a Jodorowsky: hay que enfrentarse al monstruo.

La película tiene entonces un mensaje que daría para hablar páginas y páginas sobre el mismo, lo cual es algo bueno. Además, consigue meter esto en una superproducción de más de doscientos millones que se lleva a los cines de todo el planeta, para un público que poco entiende de ciencia ficción o de conceptos abstractos. Lo consigue, otra vez, y además nos deleita con imágenes tan bonitas como ese París doblegándose sobre sí mismo, digna de un cuadro de Escher, o esas imágenes de los sueños como laberintos, guiñando a Ariadna y su ayuda mitológica, donde aparece entonces Borges, siempre Borges, detrás del mundo de la perdición y el infinito, y Cobb como Teseo, venciendo a su minotauro gracias a la intervención de aquella. Por no hablar de esa fabulosa imagen que se nos presenta como metáfora de la dilatación del tiempo: la furgoneta cayendo durante prácticamente una hora de metraje, mientras en las otras capas del sueño continúa ocurriendo lo impensable; esa furgoneta cayendo al vacío, al mar, como la cuenta atrás que todos tenemos en nuestro propio maldito mundo para salvaguardar nuestro pellejo, para salvarnos el culo del inconsciente y, por una vez, poder liberar la culpa, el error, el odio, las cosas inconfesables. Todos tenemos ese tiempo y ese derecho, todos vamos montados en una furgoneta en la que, en cualquier momento, y no por casualidad, puede sonar el «Je ne regrette rien» de Edith Piaf y tener que volver a despertar. Porque, de algún modo, despertarse y encontrarse depende de uno mismo, y no es una tarea de poca importancia para nuestras vidas.

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