Black Swan, el lado oscuro y la obsesión artística

La fragilidad con la que concibe un artista su obra ha sido siempre un asunto delicado. No importa que hablemos de un cineasta, un pintor, un escritor, un comediante o un bailarín, aunque en este caso hablamos de una bailarina. Existe un lazo indivisible en esa clase de pasiones que puede convertirse en lo obsesivo, normalmente en búsqueda de algún tipo de perfección que el ser humano todavía desconoce. Uno quiere hacerlo pero siempre del mejor modo narrable. La oscuridad está en todo y no es posible que el cisne blanco baile con naturalidad si no se apoya en su otra mitad, el cisne negro. Darren Aronofsky nos trae en su fantástica adaptación de El lago de los cisnes el tema romántico del doble, el juego de espejos, el yin y el yang, Jeckyll y Hyde, dos esferas para una misma cosa: el todo que nos compone. Es imposible ser sin existir entre estas dos mitades que, al final, forman parte de nosotros como el aire o el agua, la luna o el sol, forman parte del mundo. Rechazar cualquiera de ellas sería desposeernos de nuestra propia humanidad. Aunque existe un miedo en esa obsesión del artista, un temor que esta película refleja desde el primer hasta el último minuto: permitir que aquella se convierta en la única salvedad, porque entonces estaremos condenados a la carrera obsesiva del delirio, la locura, los terrores, las alucinaciones, la corrupción del cuerpo y del alma, la inestabilidad, lo negro, la muerte. Alcanzar la perfección en este caso fue divino pero también fue la tragedia.

Además, existe en la narración de esta ópera al cine que nos ofrece Aronofsky un atrevido juego en los niveles de la ficción y la realidad que también terminan por mezclarse. La chica virginal y pura que se convierte en cisne y necesita el amor para romper el hechizo, interpretada por una fabulosa Natalie Portman, se debe enfrentar, al entrar en este caótico terreno de las emociones, con su yo oscuro, con el cisne negro, aquel que es capaz de dar la fuerza, la belleza y la seducción a la persona pero que, al mismo tiempo, es capaz de destruirla. Existe miedo al enfrentar esta clase de locura que pertenece a todos nosotros con nuestra inocencia, pero es necesario para convivir en un mundo de claroscuros, para despertar. Dentro de la película, la protagonista va sufriendo, como el actor que interpreta un papel, la metamorfosis de lo que siente a la hora de bailar la ópera, esa historia de baile, amor y obsesiones. Se va transformando y vive esas dos historias tan importantes dentro de ella. Al mismo tiempo pero en otro lugar, en ese distinto nivel de la narración, la protagonista es asimismo una actriz que está interpretando otro papel para una película. El juego de espejos funciona también en los dos niveles narrativos que se nos presentan.

Todos los miedos y todas las alegrías de la bailarina están ahí, en sus ojos, en su mirada huidiza, en su espíritu sensible, en sus pies. El ideal de perfección y de exigencia con el que una chica que ama el baile se expone a lo que hace; el descubrimiento de la fuerza y del deseo, de todas las herramientas necesarias para alcanzar esa perfección; la incertidumbre al salir a un escenario a representar una obra inmortal; el desvío hacia el exceso de la oscuridad; los finísimos hilos en los que están tejidos la realidad y el deseo.

La música acompaña perfectamente a la adaptación, o sea que Clint Mansell vuelve a enamorarnos. A la vez, el cuadro visual del que se compone la misma es brillante: el juego con las luces, los constantes blancos y negros en el vestuario, el decorado, la escenografía… Todo juega a favor para completar una obra que, además de ser una metareferencia a la labor artística, acude a nuestros ojos como un largometraje con tintes de terror psicológico, simbólico y planteado sobre la cima de una enorme metáfora que no cesa de maravillarnos: dentro de nosotros existe un demonio que puede ayudarnos o que nos puede destruir. No por otra cosa la película se llama Black Swan. El lado oscuro es el protagonista, es el ingrediente que compone el arte y la tragedia. Ahora mismo yo hago fouettés con mis palabras. Al otro lado del mundo una chica baila como si se fuera a acabar todo en diez minutos.

Aquel que quiere permanentemente «llegar más alto» tiene que contar con que algún día le invadirá el vértigo. ¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? Pero ¿por qué también tenemos vértigo en un mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.

KUNDERA, Milan: La insoportable levedad del ser (1984), Barcelona, Tusquets, 2010, p. 65.

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5 comentarios en “Black Swan, el lado oscuro y la obsesión artística”

  1. La escena en que se desborda el cisne negro me dejó patidifuso. Esa atracción por cierto tipo de perversidad.

  2. ¿Crees que a una mujer como yo puede gustarle esta película…? Me siento atraída por ella, pero no estoy segura.

    En tus manos me encomiendo.

  3. Es una pelicula genial, pero la actuación de Portman es suprema.

  4. pues, a mí no ha gustado, menuda delusión..me pareció muy superficial,el escenario es muy bueno, pero la realización…parece que el director tiene muy poco conocimiento de la vida del teatro,en realdidad es mucho más complicado..el director piensa estereotipadamente: si en este momento la ballerina toca los cojones de su partner esto indica que ella es libre de complejos, si Natalie Portman adora la ballerina vieja, tiene que robar algo de su camerín, así la creemos más, pero esto ya hemos visto en mil películas!! toda la película es hecha según el principio “estímulo-reacción”, un conjunto de modelos que funccionan en la mayoria de los casos…cada acción de los protagonistas es muy previsible, el director no logró sorperenderme ni una vez..
    Sí, me doy cuenta que solamente criticando la película yo presento el juicio unilateral, pero lo mismo hace la gente que la adora sin notar sus aspectos verdaderamente debiles..

  5. Tiraré un poco de perspectivismo para daros la razón tanto a Jecholls como a Daria. El tema de la inocencia y de la decadencia están muy bien tratados, lo que subyace en toda la película es la lucha entre el orden y el caos, de eso no hay duda. El propio título auna las dos vertientes, el cisne apolíneo que todos asociamos a lo inocente, correcto, al orden y al bien, frente al color negro, que asociamos a la decadencia, a la perversión, a la genialidad y a lo dionisíaco en términos nietzscheanos. El oxímoron nos empuja a aceptar la metáfora, todos podemos ser lo uno y lo otro, controlar y aferrar nuestros instintos o dejarnos llevar por ellos. Fabuloso.

    Pero… siempre hay un pero, la película me pareció terriblemente previsible, demasiado formal, tanto que como dice Daria parece superficial en más de una ocasión. Otro defecto que tiene es que pretende ser muchas cosas a la vez, una película de terror psicológico y francamente no, una película de superación, Billy Elliot ya existe, una película decadente pese a su falta de linealidad progresiva… y puede que mucho de “Éste es mi momento”, de luchar por el papel, lo que podría ser una reafirmación nietzscheana pasa por una pugna infantiloide hacia la muerte innecesaria.

    No lo sé amigo, el fondo es buenísimo y como Ayrim dice una interpretación genial por parte de Natalie, pero tan previsible…

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