El mundo es nuestro

Quizá es pronto todavía para atisbar las alturas, pero Alfonso Sánchez se ha ganado al menos de momento un fuerte aplauso. Su debut como cineasta en El mundo es nuestro le convierte a todas luces en un ganador, un ganador en tiempos de crisis que bien falta nos hace. Para todos aquellos que de vez en cuando, todavía motivados por los prejuicios, hablan del cine nacional como de algo que está de capa caída o que no tiene mucha fuerza, les invito a ver esta monumental comedia que versa sobre algo totalmente actual, quizá con una risa proyectada también hacia el futuro que nos espera: la crisis, la desesperación y la impotencia humanas ante el control de los que nos gobiernan. El director no había hecho hasta el momento más que unos cuantos cortos que, si bien es cierto que no son gran cosa, sirvieron para abrirle este camino para la realización de su primer largometraje, en donde ya no solo cabe el desmontar los estereotipos andaluces mediante la risa sino que se abarca toda una coyuntura de crisis socioeconómica –al fin y al cabo una crisis de espíritu– con una mirada mucho más crítica y profunda; crisis por la que estamos pasando no solo nosotros sino todos los que no rodean, comunidades y países vecinos. Quizá productos como este precisamente en los tiempos que corren son los más necesarios y los más valientes. Saramago decía que la verdadera forma de luchar contra los poderes que nos atosigan se llama conciencia. Películas como estas vienen a formarla o, al menos, a llamar la atención. El grito de guerra ha sido dado en muchas partes y ahora solo hace falta que la gente tome el relevo.

Ayer le decía a un amigo al salir del cine que la comedia no debería considerarse como algo simplemente «entretenido», pues olvidamos en la mayoría de los casos la fuerza que puede tener el humor usado como canal para expresar muchas otras cosas, como por ejemplo el descontento ante una sociedad materialista y, ahora ya, por fin, desganada y desencantada, o para realizar el despiece de unas formas de ser de un pueblo a menudo atacado, como puede ser el andaluz, por una serie de tópicos que, si bien son ciertos, no definen a todos los integrantes de dicha comunidad. La parodia sobre la Semana Santa y la férrea defensa que las fuerzas del estado ejercen sobre este rito en pleno barrio de Triana, frente a la grave situación de supuesto terror que se está viviendo en un banco que acaba de ser atracado por diferentes especímenes, todos marginados por una sociedad que no los necesita y a la que no les importa en absoluto, sirve también como ácida crítica al clásico tópico del pan y circo para el pueblo, esos momentos en los que la gente, hastiada y con la venda en los ojos, prefiere mirar para otro lado o encender la televisión antes que enfrentarse con sus problemas. No se trata entonces de encontrar la solución perfecta para España, Europa o el mundo, sino de reconocer que estamos jodidos y que no es esa la situación que queremos. Es, además, un botón sobre lo poco que les importa a los de arriba cuidar o proteger a los de abajo, siempre vulnerables.

En este sentido, la película se pone al nivel de otros filmes como La vida es bella, donde el título sirve igualmente de ironía –entre la risa y el llanto–, al igual que lo consigue este grito de «el mundo es nuestro» durante toda la película. «El mundo es nuestro» sirve primero para llorar, porque uno se choca de bruces con una realidad en la que el mundo no solo no es nuestro sino que nos llaman «la generación perdida», representada en esta película por dos delincuentes del tres al cuarto, el Cabeza y el Culebra, pero sirve también luego para ejercer precisamente la fuerza contraria: la de la risa y la energía positiva –donde, por otra parte, reside el doble mensaje de la película– con la que se nos insta a luchar por un mundo que sí es verdaderamente nuestro, que no debería pertenecer solo al ejercicio económico de unos pocos que se enriquecen a costa de unos millones que se empobrecen. El mensaje, al fin, está claro. Como en los sainetes más burlescos, la película presenta un desolador cuadro de personajes, donde uno se acaba riendo hasta del apuntador. Los banqueros aparecen como empresarios despiadados a los que solo les importa salvar un maletín o que los mass media no les den mala prensa; el pueblo como una fuerza que, unida, lucha por una verdadera sociedad en la que, como reclamaba Alain de Benoist, no se cosifique al ser humano hasta el absurdo del desprecio y la indiferencia, a lo que de algún modo parece que estamos llegando.

Observar la problemática de Grecia y los demás países que van siendo arrastrados no es el final, debería ser solo el principio. La mirada de los dos banqueros es la de la solidaria Europa que quiere ayudar a sus compañeros de viaje haciéndoles hundirse todavía más, sin posibilidad de crecimiento alguno. La mirada de los dos protagonistas o la del propio Fermín (un hombre que ha entrado con explosivos a la sucursal bancaria a raíz de su desesperada situación), es la de todos nosotros, ahora o más tarde, con o sin armas de guerra, pidiendo que esto se acabe; o sea que todo eso sirve como metáfora de la desesperación y el desaliento. Lo ideal sería no llegar nunca a eso, pero la verdadera libertad no es algo que dependa de la voluntad de unos pocos, sino de todos, sino de la fuerza más grande que existe, que ha existido siempre, que es el pueblo. Una película de las de verdad que debe correr a ver. Alea jacta est.

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Un comentario en “El mundo es nuestro”

  1. […] Prosigamos con una interesante crítica de la película “El mundo es […]

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