Amour

Amour tiene nombre de principio y sin embargo es como un silencio roto, como una despedida. Es así el arte de Michael Haneke: cuando se apagan las luces, a diferencia de gran parte del cine moderno, la habitación sigue siempre estando a oscuras. Sin embargo, aunque puedan parecerlo, no todas las despedidas han de ser amargas. La última película dirigida por el austriaco versa sobre una cuestión polémica para la sociedad posmoderna —una sociedad a caballo todavía entre la superstición religiosa y la realidad tecnológica-científica—, que es, en este caso, la voluntad del ser humano como concepto superior a la voluntad divina en un tema tan complicado como parece ser el tema de la muerte.

La cinta habla de amor y habla de tener agallas, habla de la enfermedad, de la superación, de esperanza y también de aprender a decir adiós, como el adiós que se dice con lágrimas cuando el autobús que lleva a la persona que amas no vuelve a aparecer nunca. Amour no conoce muchos protagonistas más que dos: un matrimonio formado por Georges y Anne, dos entrañables ancianos que llevan toda la vida juntos y que, jubilados, los ochenta años recién cumplidos, verán de repente cómo su amor es puesto a prueba cuando ella sufre un infarto cerebral. La paciencia y la comprensión son los ingredientes de este filme en el que se ahonda en lo humano. Nos está hablando, a fin de cuentas, de lo que uno por amor, verdadero amor, en contra de todas las morales o políticas establecidas, es capaz de llegar a enfrentar. Y cobarde aquel que, como bien dijo Gamoneda, no es capaz de enfrentar la belleza, el amor o la vida, que nos llevan, como siempre, a la muerte. Amour duele, pero es un dolor bonito.

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