Los límites de la literatura fantástica o realista

Me gusta escribir literatura fantástica en el sentido cortazariano, o sea, ese en el que la realidad es imposible, tal como el mismo argentino o muchos críticos apuntaron al analizar los movimientos literarios o incluso libros tan sumamente realistas como los de Flaubert, Galdós o los cuentos de Chéjov. Es cierto que, de alguna forma, un libro puede contener más o menos elementos que se alejen de lo que estadísticamente un ciudadano de a pie consideraría «normal»; sin embargo, esto no es más que otra forma de intentar poner cerco a la fantasía del hombre. Es cierto, como decía Cortázar, que la realidad, problema filosófico que todavía nadie ha querido o ha podido resolver, no es una sino que es un poliedro, está fragmentada. Permanece así porque la realidad «objetiva» no es tal, no existe, en el momento en que el mundo, como decía Jung, no es el mundo solo, sino el mundo y el que lo mira, o sea, the look and the looker, lo observado y el observador. Es imposible para la racionalidad humana separar ambos hechos, puesto que el medio, el único medio que poseemos para el conocimiento de la existencia es el que nos es dado por nuestros sentidos.

Gracias al tacto podemos reconocer los objetos o descubrir la materia, al igual que por el olfato y el gusto apreciamos los olores y los infinitos sabores de este mundo. Sin el oído o sin la vista, tampoco podríamos conocer lo que nos circunda, observar las formas, los colores, el universo, o escuchar las olas del mar, los relámpagos, nuestras propias voces en el deseo de comunicarnos. La misma Programación Neurolingüística o PNL, como es conocida por sus autores, una rama que a veces podría ser científica y otras solo disfrazarse de ciencia, demuestra que el mundo que cada persona percibe es diferente porque cada persona percibe de manera distinta a través de sus sentidos, bien sea seleccionando más uno u otro, o activando diferentes mecanismos a la hora de activar cada uno de ellos.

Es por esto que los recuerdos o la memoria son cosas también tan efímeras, mentirosas y bellas, como la ficción: cada uno tiene una película diferente y nadie diría que se está cometiendo un delito. Nos mentimos en el mismo proceso de recolección de nuestra experiencia, y este es un dato científico. Además de las muy terribles enfermedades de este mundo por las que, a través del cerebro, una persona es capaz de ver o pensar realidades inventadas (tales como podrían ser las alucinaciones o los delirios de pensamiento), sabemos también que existen personas que no pueden utilizar los mismos sentidos, a los que se les ha negado, por así decirlo, por ejemplo por un azar genético, la capacidad de la visión o de la escucha. ¿Cómo perciben la realidad estas personas? Evidentemente, no deja de ser «realidad» lo que viven, pero de un modo muy distinto seguramente al de una persona que pueda ver o escuchar. Al mismo tiempo, dos personas con plena capacidad para la vista van a otorgar diferentes focos de atención a la realidad en sus miradas, por lo que al final cada uno selecciona o ve un trozo, un fragmento, una pieza distinta del puzzle.

La experiencia que conocemos, como decía Hume, está filtrada por nuestros sentidos, por lo que no podemos «fiarnos de ellos». Cortázar también pensaba así, que hay demasiadas pruebas para saber lo falibles que son nuestros sentidos como para creer que podemos objetivizar algo a través de ellos. ¿Pero por qué estoy diciendo todas estas cosas? No es que quisiera en realidad hacer una larga disquisición filosófica sobre la futilidad de los sentidos del cuerpo humano, sino que esto me sirve como introducción para este problema también literario que abarca de pleno el mundo de la ficción.

Soy también de los que piensan que el «realismo literario» es un absurdo o una imposibilidad, en el sentido de que cualquier escritor está mintiendo cuando escribe. Incluso si se trata de un texto biográfico o si se trata de reproducir la vida o los pasos de una persona real y de carne y hueso que se considera perfectamente conocida por este mismo, al final la escritura no dejaría de ser más que una reproducción ficticia, una imaginación o una fantasía más del escritor, puesto que ninguna reproducción puede ser llamada «real». Además, incluso en una novela como Madame Bovary, que se la presupone el cúlmen del realismo, no podríamos decir que se trata de un «texto objetivo», por mucho que el autor intentara jugar a quitar todo lo «subjetivo» de una novela: juicios del narrador, descripciones que cruzaran la frontera de lo personal, adjetivos valorativos… ¿Por qué? Porque todavía existe una, como llaman en teoría literaria, «voluntad del autor», o sea, un Dios detrás de todo ese texto, que es el que selecciona y elige qué parte de la «realidad» quiere mostrar. El escritor está mostrando su deseo de enseñar esta concreta «realidad», lo que sería el «foco de atención» de una persona que, teniendo delante una playa, una bandada de gaviotas y un barco, decide fijar su atención única y exclusivamente en las formas geométricas que hacen las gaviotas en el cielo. O sea, que en el fondo, detrás de las bambalinas y del teatro, sigue habiendo una persona que ha decidido mostrar todas escenas y no otras, que ha decidido mostrar ese diálogo y no otro, que ha decidido contar esa historia. El simple hecho de haberla querido contar y de haberla hecho de una determinada manera nos habla de la subjetividad que existe per se en el propio hecho de la creación. Ergo, no existe la tal novela objetiva, aunque pretenda serlo o a pesar de que lo aparente.

Esto nos habla de la condición tan sumamente «sutil» que puede haber entre lo fantástico y lo real, entre lo posible y lo imposible, puesto que nuestra misma «realidad» circundante nos demuestra que la fantasía no es más que un rasgo de esta, una característica propia e inherente en nosotros. Es por eso que la mayoría de los cuentos de Cortázar juegan también con este hecho. Por ejemplo, en «Continuidad de los parques» se dedica a exponer el caso de una persona que está leyendo con mucho interés una novela. El narrador se vuelve omnisciente y comienza a contar la historia que está leyendo este (en un ejercicio metaliterario bastante perfecto y logrado), para descubrir al final que el asesinato que ocurre dentro del libro es el de él mismo, el protagonista. Realidad y ficción se mezclan dentro de la propia ficción de Cortázar, entrando el hombre que lee dentro de su historia y convirtiéndose realmente en personaje y víctima de su propia lectura. Esto podría verse también como una metáfora de la lectura activa e imaginativa de un texto, aunque el matiz primero es el que nos importa ahora: su capacidad de evocar lo rápido que se difumina lo que llamamos o conocemos como «realidad».

También en muchos de mis cuentos me gustó siempre jugar con el ejercicio metaliterario, con la fusión de lo que pertenece al mundo de la ficción y de lo que pertenece al mundo de la realidad. Como rasgo más pequeño están las interjecciones o guiños de un personaje de repente al lector (lo cual comparten también Cortázar y Vila-Matas) al igual que la ruptura de la cuarta pared en el teatro o los comentarios hacia la cámara en las películas de Woody Allen. Todo esto es un descanso en la imaginación del lector para entender que uno está sumergiéndose en otro mundo, aceptando ese «pacto de ficción» o, como lo acuñó Coleridge, esa willing suspension of disbelief, porque se trata de eso, de convertirse en crédulos, de aceptar el universo en el que vamos a entrar para poder disfrutarlo. Son «avisos» o juegos literarios en el que el lector ve su «pacto» de repente interrumpido, como podrían resultar igualmente depositarios de esta tradición (aun sin querer serlo) los anuncios publicitarios que saltan en medio de la ficción de una hermosa película, que nos devuelven a la realidad y nos hacen ir al baño a cepillarnos los dientes.

Interpelar al lector es una forma de romper la delgada línea de la que hablamos, pero también puede hacerse en el simple hábito de escribir una historia. Por ejemplo, me gustaría poner dos casos de mi propia creación que versan sobre esto mismo. En uno, el cuento se llama «Adán y el café» y me sirvió para especular y ensayar sobre temas de religión y espiritualidad, siendo este un tema que me obsesionaba un poco desde hacía algún tiempo. En el fondo, los hechos de este cuento podrían considerarse de corte «realista», incluso entender el relato como un simple híbrido entre la ficción y el ensayo para depositar unas ideas de carácter ateísta. Pero vamos a ver cómo al final del mismo se tuerce lo que llamamos realidad y se expande la fantasía del lector provocando diferentes posibilidades alegóricas. Dos hermanos, Adán y Eva, van a tomarse un café al bar mugriento del barrio, en una ciudad cualquiera, un día cualquiera. Allí, Eva, que desde el principio se muestra algo jugetona, se dedica a avasallar a su hermano con preguntas para que este, Adán, explique por qué no cree en Dios y qué piensa sobre este concepto y sus productos históricos, las religiones. Sin embargo, el cuento acaba así:

Por la ventana del bar entran los últimos rayos de sol y afuera se oye el graznido de un cuervo, la llanta de un coche derrapando por el cemento de la carretera, el golpe mortal de un coche contra un cuerpo mitad humano mitad divino que, entre alaridos, parece caer al suelo y parece, también, recordar a la voz del padre de Adán y Eva. Los dos, inmutables, permanecen o continúan mirando al dorado infinito.

Se ha concedido un segundo juego ficticio. En el primero pensábamos que los dos hermanos son personas de carne y hueso y, además, no creen en Dios, o sea, que se trata de una simple disquisición filosófica vista a través de dos personas que conversan mientras toman un café. Por otro lado, en este giro final del narrador se deja imaginar al lector muchas cosas. Hay un accidente de tráfico en la calle y un ser «mitad humano mitad divino», padre de Adán y Eva muere atropellado. Podría el lector concebir este juego como una gran ironía que niega todo el pensamiento anterior, todo el discurso ateo, o, pues Dios existe y acaba de aparecer por la calle, o al contrario, podría el lector concebirlo como una metáfora nietzscheana de «la muerte de Dios». Podría ser, incluso, simplemente el padre de los dos personajes que acaba de tener un accidente. En cualquier caso, el lector es aturdido y no sabé qué pensar o creer porque ha habido un cambio en la interpretación de la «realidad» preconcebida desde un principio.

Por último, me gustaría reseñar otro caso metaliterario y otro juego fantástico en uno de mis cuentos más recientes: «El ermitaño y el dragón del Mar Negro». En resumidas cuentas: un soldado ucraniano, al este en la ciudad de Donetsk, ve de repente atacada su tranquilidad por la aparición de un enorme dragón alado que sobrevuela la ciudad. Sale corriendo, deja a su compañero de lado y corre hacia un descampado donde atisbarlo mejor. Allí empieza a deleitarse con la visión de tal gigante legendario y recuerda la historia de un ermitaño que vive en una península cercana y que hablaba de la existencia de un dragón hacía tiempo, al que siempre había tomado por loco. De repente ve cómo este dragón viene a atacarlo a una velocidad de infarto, así que saca su radio y le habla al compañero, a gritos entrecortados. Le dice que dispare, que ataque al «enemigo», que lo mate a «él» (vocabulario que evidentemente, como veremos en un momento, el compañero no entiende, pero lo asocia a su estado de nerviosismo y sigue sus instrucciones). El otro soldado, que parece tener más poder, aprieta un botón y dispara algo que se intuye como un misil. El final del cuento se trata casi de un recorte periodístico en el que se señala el reciente caso real del derribo al este de Ucrania de un Boeing 777 lleno de civiles que viajaba hacia Malasia. Se exponen titulares de muchos periódicos y se reseña el trágico incidente, así como las consecuencias políticas y el ambiente tenso internacional que se creó tras el derribo del avión (donde se acusa a los rebeldes prorrusos de la zona de haber interceptado y destruído ese avión). En este juego, el lector no entiende que se está hablando de un avión hasta el final del texto, pues todo el relato ha sido contado a través del pacto de ficción (tomado de la mentalidad de lo que podría ser posiblemente un loco o una persona delirante) en el que un dragón aparece en la ciudad ucraniana. La suspensión de la incredulidad se ve puesta en jaque a raíz de los titulares de prensa y, en el caso más posible, del conocimiento extraliterario del lector que conoce o debería conocer el caso de derribo del avión. Se vuelve a ver aquí cómo la «realidad» no es solo una y las cosas que uno ve pueden ser tan distintas de lo que en «realidad» es para otro. Pero como soy algo gamberro, el juego no acaba aquí y me atrevo a dar otro giro en la «realidad» fantástica, a riesgo de que acepte el lector la versión que le parezca más plausible. Es en el verdadero final donde se descubre que el «olvidado ermitaño de Crimea» llega esa misma noche a su casa con una escama de dragón para la cena. Esto espolea nuevamente la imaginación del lector que, una vez roto el pacto de ficción, había aceptado que todo era una mentira para criticar a los rebeldes que derribaron el avión lleno de inocentes. Sin embargo, siendo esa una posible lectura política, la más interesante o la que más me interesaba a mí era esta última en la que se traslucen los misteriosos caminos de la ficción y su amplitud de miras. Es ahora solo con este final que volvemos a entrar en el cuadro fantástico y pensamos que quizá el dragón sí existía realmente y el soldado no estaba loco ni era delirante (como dice del ermitaño este mismo durante algún momento del relato). Sin embargo, podría también existir la lectura de que ambos hechos, el fantástico y el realista, el dragón y el avión derribado, han ocurrido al mismo tiempo en partes diferentes de Ucrania y que los personajes no tienen nada que ver el uno con el otro.

Escrito en: Esteticismo Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

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