Una lectura sobre Oriente y Occidente: quiénes somos a través de la literatura y la historia

Posiblemente los primeros suspiros de la literatura hispánica sonaran en boca de un árabe en versos como «mew sidi ‘Ibrahim / ya nuemne dolze, / fen-te mib / de noite. / In nonm si non keris / yire-me tib / -igar-me ‘a ‘ob- / a fer-te» o en boca de un judío en otros tantos versos: «Tant’ amare, tant’ amare, / habib, tant’ amare, / enfermíron welyos nidios / e dólen tan male». El lector romance, sin haber gastado años en estudio de dialectos antiguos o sin entrar en los quebraderos de cabeza que supusieron estas letras para expertos lingüistas de la talla de Pidal, Stern o Corriente, puede adivinar algo, puede entender las quejas de la amada o la llamada del amante que se esconden tras el texto, puede entender que el amor duele incluso a tantos siglos de distancia y en una lengua que ya no le corresponde por historia. Sin embargo, a veces por no recordar esa historia nos olvidamos de dónde venimos. Es por eso que en una puerta enorme antes de entrar en Auswitch permanece indeleble la frase del filósofo Santayana: «Those who cannot remember the past are condemned to repeat it».

Tal vez, aquellos pequeños poemas del siglo XI, fijados por poetas cultos de entonces en los finales de unos poemas árabes llamados moaxajas, nos hablan todavía hoy como fantasmas de un pasado que a veces hemos querido o incluso hemos podido olvidar. Hace muchos siglos, cuando todavía no había universidades ni el castellano era una lengua, en la llamada Hispania convivieron tres pueblos con diferentes lenguas, culturas y religiones, a veces en paz y a veces en guerra. De aquel periodo de siglos, de conquista musulmana y posterior reconquista cristiana, surgen todos los reinos modernos de los que deriva nuestra cultura. En la génesis de todo aquello, allá por el siglo VIII, árabes y bereberes acababan de asentarse en nuestras tierras y empezaban a convivir con los nuestros.

Si aceptamos la teoría de la lírica primitiva en estado latente de Menéndez Pidal, podemos ver a hombres y mujeres cristianos de varios siglos después de Cristo que transmitieron de manera oral, a sus hijos y amigos, en los patios de las aldeas o en los caminos hacia los ríos o los pozos para encontrar agua, pequeñas explosiones de amor, el tema universal de las personas. Mujeres que esperaban al alba a sus amantes o que se quejaban a sus madres sobre cómo duele la ausencia. No debieron pasar desapercibidos pues estas canciones llegaron un poco más tarde a los oídos de los poetas árabes y hebreos de Al-Andalus, quienes acabaron fijándolos en sus poemas, incluso en su alfabeto.

Tuvieron que pasar muchos siglos para que se descifraran y se descubrieran, tras largas disertaciones sobre la imposibilidad de traducción desde la ortografía arábiga (donde no hay vocales) y siglos de despiste por este camuflaje. Sin embargo, ya se sabe que, aun ocultas por el alfabeto «enemigo», aquellas palabras finales de los textos árabes no eran de otra lengua más que de la nuestra; se trataba de textos que estaban escritos en una mezcla de árabe y romance. Esto es una consecuencia lógica y bella de la comunicación de los pueblos. Además, legado de esta tradición son la cantidad ingente de topónimos en nuestro país (Andalucía, Almería, Badajoz, Gibraltar, Guadalquivir, La Mancha, Medina Sidonia…) y arabismos en el español moderno (más de cuatro mil palabras referentes a campos como el hogar, la agricultura, la guerra, el comercio o las matemáticas: almohada, alcohol, algodón, adarga, almádena, álgebra…), unos cuantos adjetivos y verbos e incluso alguna preposición (hasta) que heredamos de esta convivencia. De esta historia mantenemos también proverbios como «O todos moros o todos cristianos», donde se puede percibir claramente la división entre el uno o el otro, entre el blanco y el negro que tanto daño ha hecho a nuestro país.

Siglos más tarde, precisamente uno después de que los Reyes Católicos expulsaran a los judíos (la última estirpe de aquel pasado sobre Hispania), en pleno auge literario del Siglo de Oro, determinados escritores como Cervantes o Lope de Vega, se dedicaron a veces a continuar aquel género que la crítica llamó maurofilia (o sea, el amor al moro), una pequeña literatura dentro de las famosas novelas de caballerías en la que se buscaba el ensalce de la figura demonizada del «otro» (recuerdo ahora la famosa máxima de Sarte: «l’enfer, c’est les autres»), o sea, la revalorización del personaje musulmán y la idealización de las relaciones entre moros y cristianos. Y siglos más tarde, tanto en la Ilustración como en el Romanticismo, escritores como Cadalso o Zorrilla, además de muchos otros en Europa y América como Chateaubriand o Irving, se dedicaron a presentar este mismo cuadro de relaciones, de oposiciones que podían ser amables.

Recuerdo toda esta historia y no puedo evitar dejar de pensar en las actuales tensiones entre Occidente y Oriente, abajo y arriba, en Rusia o en Oriente Medio, y no puedo dejar de pensar en las recientes guerras entre, otra vez, «moros y cristianos» (no importa el color, los nombres, las religiones, las banderas: son «el uno» y «el otro»), la creciente crueldad entre seres humanos que simplemente piensan de manera diferente y no saben cómo comunicarse, cómo reconciliarse. La mayoría de los problemas de la historia y de la política se podrían resumir en la división entre «unos» y «otros»: judíos y cristianos; cristianos y musulmanes; romanos y griegos; visigodos y musulmanes; católicos y protestantes; calvinistas y luteranos; americanos e indígenas; Corea del Sur y Corea del Norte; liberales y conservadores; capitalistas y comunistas; bolcheviques y mencheviques; OTAN y URSS; derechas e izquierdas; franquistas y comunistas; españoles y catalanes; españoles y extranjeros; israelís y palestinos; turcos y kurdos; rusos y ucranianos; iraquís y yihadistas.

Es triste pero no se arreglará el mundo hasta que las personas descubran que ni el uno ni el otro pueden existir por separado, que «el otro» son solo proyecciones de nuestros miedos, que todos somos una misma cosa, un mismo origen, una misma cultura, una misma raza, una misma estirpe, una misma bacteria, un mismo átomo; que, al matar indiscriminadamente a otro ser humano, estamos destruyéndonos a nosotros mismos. Fue ya en el siglo XX que uno de nuestros grandes pensadores, Miguel de Unamuno, dijera aquella famosa frase que todavía nos revela alguna dolorosa verdad: «El fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando». Quizá la paz solo triunfe cuando, solo a veces, recordemos que aquellas cosas más importantes son las que nos unen y no las que nos separan, cuando entendamos que, alguna vez en una memoria remota, todos éramos felices.

Escrito en: Esteticismo Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

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