Warszawa o el triunfo de la insignificancia

Dom Spotkań z Historią (PAP/Jerzy Baranowski)

La vida es insignificante porque si no tendría que significar algo y, siempre, el significado es lo que al final menos importa. Inmersos constantemente en el caos involuntario del mundo, no nos damos cuenta de que los héroes y la verdadera épica suceden a cada rato, al lado de nosotros y delante de nuestros ojos, ciegos, estúpidos y distraídos: la madre que salva a su hijo de la hambruna a pesar de romperse la espalda, el doctor que libera a su paciente de un miedo horrible, el padre que cuida de su progenitor hasta la postrera hora, la chica que con su beso salva a un chico extraviado y perdido… Esos pequeños gestos que podrían y pueden cambiar el mundo, que conforman, cual efecto mariposa, la sinfonía perfecta en esta tierra de la que todos bebemos y sobre la que todos nos desvaneceremos algún siniestro día. Paseando por la ciudad donde ahora resido, Warszawa, uno descubre galerías que de verdad le hacen comprender algo. Ese «algo» de lo que quizá hablaba Kundera en sus escritos sobre la insignificancia:

«La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condiciones tan dramáticas y para llamarla por su nombre. Pero no se trata tan sólo de reconocerla, hay que amar la insignificancia, hay que aprender a amarla. Aquí en este parque, ante nosotros, mira, amigo mío, está presente con toda su evidencia, toda su inocencia, toda su belleza. Sí, su belleza. Como has dicho tú mismo: la animación es perfecta, y totalmente inútil, los niños que ríen, sin saber por qué, ¿acaso no es hermoso?»

Kundera, Milan (2015): La fiesta de la insignificancia, Tusquets, Barcelona, p. 135.

Efectivamente, como en la foto, la sonrisa del niño es seguramente ese legado de un futuro que siempre permanece abierto, blanco, puro, amable, infinito. El niño es una metáfora sobre el porvenir, porque todo está siempre por venir, porque hasta de las más terribles tragedias los humanos somos capaces de escapar con una sutil sonrisa para reconstruirnos. La risa de unos niños, de los inhabitants, en una Varsovia absolutamente destruida por los alemanes tras la guerra en julio de 1947, podría no significar nada pero en realidad lo significa todo. Estira más allá de lo razonable la idea de lo insignificantes que somos, de lo obviamante equivocados que estamos al enfrentarnos a nosotros mismos. Comprender esa risa es comprender la historia de una ciudad heroica y de su gente, la que vino a reconstruirla durante largos años para dar al mundo una ciudad nueva que, todavía hoy, sigue permitiendo dormir y soñar a su gente. Entre los costados de este espacio se levanta un enorme trauma y una cicatriz que permanece presente hasta nuestros días. Nadie, sin embargo, debería infravalorar la risa de un niño. Es seguramente gracias a esto que todavía seguimos vivos.

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