La obsesión por el estar. Black Mirror y lo que reflejamos

Cada capítulo de Black Mirror, la aclamada antología de Charlie Brooker, es un mordisco a ese espejo oscuro que es nuestro propio reflejo, diagnóstico crudo y avisos a corta distancia de un mundo en parte enfermo que podría ser este que ya vivimos. La historia de Lacie (3×01: Nosedive) habla de libertad y de sonrisas plastificadas, de lo que podría generar una lacra universal en la obsesión por la imagen pública. Ya no somos personas sino números, calificaciones y rates en las redes sociales que nos permiten participar o nos excluyen de determinados entornos sociales, lo único que precisamente podría permitir nuestra integración. No hables, no grites, no expongas tu opinión: sonríe y calla, sé hipócrita, autocensúrate. Sonríe hasta que se te rompan los dientes porque lo único que te importa es la calificación que vas a obtener luego, porque el lado oscuro de esta distopía se encuentra en el descubrimiento de que solo en prisión, cuando uno ha caído a lo más bajo de sí mismo, cuando los números han dejado de marcar el compás de nuestra existencia, uno es capaz de volver a hablar, a ser y no a estar, a existir más allá de las apariencias. En este retrato terrorífico de lo que sería la opinión pública, esclavos de la aprobación ajena, dar la cara, mojarse, tener voz propia y expresarse no son solo atributos deseados, sino una obligación desesperada. La lenta música de Max Ritcher marca esta ficción que nos prolonga y nos sitúa en el medio de la batalla de la genuidad frente a la vulgaridad y la obscenidad de no ser nosotros mismos.

«Hace unas horas, Ernest, me preguntaste qué utilidad tenía la crítica. Lo mismo habrías podido preguntarme qué utilidad tiene el pensamiento. Es la crítica, como bien señala Arnold, lo que crea la atmósfera intelectual de una época. Es la crítica, y así espero señalarlo yo mismo algún día, lo que transforma la inteligencia en un instrumento magnífico. Nuestro sistema educativo pone toda la carga en la memoria, lastrándola con un montón de datos inconexos, y se esfuerza laboriosamente en impartir unos conocimientos laboriosamente adquiridos. Enseñamos a la gente a recordar, pero no la enseñamos a evolucionar. Nunca se nos ha ocurrido desarrollar esas cualidades intelectuales de comprensión y de discernimiento, mucho más sutiles. Los griegos lo hicieron, y cuando nos acercamos al intelecto crítico de los griegos no se nos escapa que, aunque hoy disponemos de temas más amplios y variados en todos los sentidos, su método es el único que permite interpretarlos. Inglaterra ha hecho algo: ha inventado y establecido la opinión pública, que es un intento de organizar la ignorancia de la sociedad y de elevarla a la categoría de fuerza física. Pero la sabiduría siempre ha estado escondida. El espíritu inglés, considerado como instrumento del pensamiento, es tosco y deficiente. Lo único que puede purificarlo es el desarrollo del instinto crítico.»

O. Wilde: La importancia de discutirlo todo.

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