Baby Driver

Baby Driver no es solo una película con buena música, sino una película sobre la música, sobre el poder terapeútico de esta, literal y metafórico, además de ser una cinta de puro y rabioso entretenimiento que recuerda al mejor Ritchie, perfumado de Tarantino. No puede obviarse que, a pesar de este disfraz de pasaratos, el filme de Edgar Wright esconde cierta profundidad en ese silencio y esa forma de enamorarse de Baby, la ausencia materna, la orfandad y el amor que a todos nos suena siempre a una canción determinada.

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