It (2017)

It (2017) no es en realidad una historia de miedo, sino una historia sobre el miedo. Entendida de manera literal podría llevarnos a la decepción, aunque ahí está su fondo pop romántico de los años noventa, las bicicletas, las historias de instituto o de calle donde aún no había penetrado la malvada tecnología, y un aire que nos retrotrae a títulos como Stranger Things o Super8. No es solo una cinta de terror, sino una analogía que intenta vertebrar cierto tipo de descripción sobre lo que es el «terror» y lo que nos asusta. A un nivel simbólico y analógico a este tema, el filósofo Krishnamurti dejó dicho que «el miedo destruye el amor», o sea, que la única forma de entendernos con la vida es, como también diría Jodorowsky, «enfrentando al monstruo». Es bien conocido en la psicología que la única forma de plantar cara a un trauma es transformándonos en aquello que nos asusta: la sombra jungiana reptando por nuestro inconsciente, otra vez. El gran logro de Stephen King y su libro, o el de esta película, es el de haber intentado no solo acercarnos al miedo y sus diferentes caras, sino el de hacer una radiografía del terror primitivo, de aquel que ya coexistía con las bestias y la oscuridad desde el principio de los tiempos.

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