Blade Runner (2049)

Hace treinta y cinco años, en los orígenes de la década de los ochenta, un tal Ridley Scott vino a hablarnos de la empatía y a filosofar sobre el «alma» humana, o sea, sobre su conciencia o el descanso de esta. Blade Runner fue un hito en la historia del cine de ciencia ficción, en su vertiente cyberpunk y posapocalíptica con luces de neón, precisamente porque supo rescatar uno de esos temas inmortales de los que llevamos debatiendo desde los griegos: qué nos hace humanos o por qué somos lo que somos. Lo hizo a través de eso que representa nuestra «imitación» y lo que ya en época moderna ha sido germen de mucha literatura y también de ciertos miedos, esto es, por medio de los androides o los robots. Blade Runner 2049 rescata este mismo problema, al igual que lo hacía recientemente Westworld con su versión de parque de atracciones. Esta vez, Denis Villeneuve crea una hermosa ópera cinematográfica donde el guión sigue sin ser lo que más importa, ahí donde los golpes, las miradas al vacío, la incertidumbre y el caos incómodo hacen que el espectador se pregunte una o dos cosas. En el fondo, la cuestión sigue siendo la misma: ¿por qué deberían valer más tus lágrimas?

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