La seducción

Sofia Coppola decide volver a hablarnos del amor y las mujeres en La seducción. Con la guerra secesionista americana como telón de fondo, siete chicas que conviven aisladas y bajo el mandato de una sola mujer, acogen a un soldado herido en su casa, volcadas por un sentimiento que oscila entre la hospitalidad, la curiosidad y, por último, el morbo. La supuesta paz en que conviven estas mujeres se verá puesta en entredicho al nacer el deseo prohibido en varias de ellas. La directora ha sabido cocinar un filme de muy buen gusto, un cuadro lorquiano con el que dirige una exquisita descripción de la represión sexual femenina y las temidas o fatales consecuencias.

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Dunkerque

Dunkerque, firmada por uno de los grandes realizadores de nuestra época, Christopher Nolan, acierta en las sensaciones que crea y también falla en cómo nos las cuenta. La humana sensación del pánico y la ansiedad del no saber qué, están ahí, la pérdida o el miedo colectivo, acompañado por una música de necesitar respirar y el sonido de las bombas en la playa francesa frente al ataque nazi, pero no empatizamos con los personajes, no sentimos su dolor ni su sufrimiento, porque apenas los conocemos, dado que al llegar a la espectacular música final de Hans Zimmer uno siente que, habiendo pasado todo, no ha pasado nada… Es acertado intentar dar una vuelta de tuerca a los filmes bélicos, pero un servidor tiene el presentimiento de que no fue este el género fílmico para alguien de la talla de Nolan.

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Baby Driver

Baby Driver no es solo una película con buena música, sino una película sobre la música, sobre el poder terapeútico de esta, literal y metafórico, además de ser una cinta de puro y rabioso entretenimiento que recuerda al mejor Ritchie, perfumado de Tarantino. No puede obviarse que, a pesar de este disfraz de pasaratos, el filme de Edgar Wright esconde cierta profundidad en ese silencio y esa forma de enamorarse de Baby, la ausencia materna, la orfandad y el amor que a todos nos suena siempre a una canción determinada.

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Westworld y los límites de la inteligencia

Un lugar de infinitas posibilidades debería ser por lógica un espacio donde uno puede toparse de repente y de bruces con la vida. A la pregunta inevitable sobre qué es esa «vida» intenta darle respuesta Westworld y todo el magnífico equipo que se ha centrado en, valga la redundancia, «dar vida» a esta obra de arte. La serie tiene su germen en una película de título homónimo de los años setenta, dirigida por Michael Crichton, padre también de la famosa novela Jurassic Park, que más tarde Spierlberg inmortalizaría en aquel apabullante filme al que no pocas cosas nos recuerda esta creación. En este caso, no asistimos a un parque de dinosaurios, sino a uno de personas, perdón, de androides, robots con aspecto y comportamientos muy humanos que sin embargo parecen deambular en ese lejano oeste solo para deleite y disfrute de los newcomers o guests, los visitantes que llegan del mundo real con ansia de aventuras o con el osado objetivo de «encontrarse a sí mismos» y con la ventaja de que no pueden ser ni heridos ni ultrajados, ahí donde los actos parecen no tener reales consecuencias, donde la conciencia podría quedar apartada en un cajón.

La realidad o nuestra certeza sobre lo que es falso o ficticio no es un debate nuevo ni ha sido abierto con Westworld, pues esta cuestión quijotesca es la que recorre la espina vertebral de toda la filosofía y la literatura desde los griegos hasta el día en que vivimos. Observada desde diferentes encuadres, esta pregunta entronca con el origen de la empatía o el lugar que ocupa en el cerebro la conciencia, la memoria, la religión y toda la historia de la espiritualidad, así como el inacabable asunto del libre albedrío, Dios o el destino de los hombres. La buena ciencia ficción ya ha versado sobre esto en otras ocasiones: recordemos Blade Runner, BattleStar Galactica o la misma y excelente actual Black Mirror. Estamos hablando y preguntándonos constantemente sobre la naturaleza de nuestra existencia. ¿Somos fruto del azar y de la unión de unos átomos o hay detrás de nosotros un experto tejedor de historias, un creador, un tirititero que mueve nuestros hilos? Westworld es la caverna de Platón, y sus androides, análogos a nosotros al preguntarnos sobre nuestro origen y rezar a nuestros dioses, curiosos que anhelan ver la luz más allá de las cosas o del espacio conocido.

Toda la atención del argumento es una sencilla –más bien compleja– excusa para mostrarnos el peligro de ser humanos y lo lejos que pueden llegar nuestras propias creaciones. Ese miedo a que algo creado por nosotros mismos nos rebase y nos supere es precisamente ese conflicto entre ambos mundos y las discusiones constantes sobre «a quién pertenece» cada parcela del juego. Es el mismo debate sobre la inteligencia artificial y la robótica, sobre hasta qué punto jugar a ser dioses nos podría salir caro. Hay una pregunta ética que sobrevuela a todas estas anteriores cuestiones y que es con lo que comenzábamos este texto: ¿qué es estar vivo? ¿Somos meros receptores de órdenes, víctimas de un causa-efecto condicionados por las leyes de la física y del universo? En ese sentido, nada nos diferenciaría mucho de una máquina o un robot. ¿Qué ocurre si esta máquina acaba por tener conciencia, o sea, es capaz de escucharse a sí misma, de improvisar e innovar sus códigos, de generar sentimientos y sufrir?

Westworld, guiada magníficamente por la apoteósica y siempre certera música de Ramin Djawadi, así como por las memorables actuaciones de todos y cada unos de sus actores, además de guionizada por uno de los hermanos Nolan, se adentra sin miedo en este debate filosófico y ofrece con cada episodio unas respuestas a saborear con calma y con tiempo. Un amor no superado que nos desgarra todavía por dentro, la comezón de un sentimiento extraño que se apodera de nosotros sin ser aún conscientes de su peligro, el ansia por la libertad de penetrar a un mundo nuevo o de luchar contra los dioses que, egoístas, nos crearon para divertirse… cualquier excusa vale dentro de este parque, cualquier motivación nos conduce de lleno en este viaje a un lejano oeste donde se pone en jaque a la inteligencia. Porque en el germen de toda creación existe un miedo primigenio: que lo imaginado acabe siendo verdaderamente real, que nos supere o que incluso acabe con nosotros; que, como decía Unamuno, el Quijote llegue a tener más vida que el propio Cervantes una vez muerto.

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La obsesión por el estar. Black Mirror y lo que reflejamos

Cada capítulo de Black Mirror, la aclamada antología de Charlie Brooker, es un mordisco a ese espejo oscuro que es nuestro propio reflejo, diagnóstico crudo y avisos a corta distancia de un mundo en parte enfermo que podría ser este que ya vivimos. La historia de Lacie (3×01: Nosedive) habla de libertad y de sonrisas plastificadas, de lo que podría generar una lacra universal en la obsesión por la imagen pública. Ya no somos personas sino números, calificaciones y rates en las redes sociales que nos permiten participar o nos excluyen de determinados entornos sociales, lo único que precisamente podría permitir nuestra integración. No hables, no grites, no expongas tu opinión: sonríe y calla, sé hipócrita, autocensúrate. Sonríe hasta que se te rompan los dientes porque lo único que te importa es la calificación que vas a obtener luego, porque el lado oscuro de esta distopía se encuentra en el descubrimiento de que solo en prisión, cuando uno ha caído a lo más bajo de sí mismo, cuando los números han dejado de marcar el compás de nuestra existencia, uno es capaz de volver a hablar, a ser y no a estar, a existir más allá de las apariencias. En este retrato terrorífico de lo que sería la opinión pública, esclavos de la aprobación ajena, dar la cara, mojarse, tener voz propia y expresarse no son solo atributos deseados, sino una obligación desesperada. La lenta música de Max Ritcher marca esta ficción que nos prolonga y nos sitúa en el medio de la batalla de la genuidad frente a la vulgaridad y la obscenidad de no ser nosotros mismos.

«Hace unas horas, Ernest, me preguntaste qué utilidad tenía la crítica. Lo mismo habrías podido preguntarme qué utilidad tiene el pensamiento. Es la crítica, como bien señala Arnold, lo que crea la atmósfera intelectual de una época. Es la crítica, y así espero señalarlo yo mismo algún día, lo que transforma la inteligencia en un instrumento magnífico. Nuestro sistema educativo pone toda la carga en la memoria, lastrándola con un montón de datos inconexos, y se esfuerza laboriosamente en impartir unos conocimientos laboriosamente adquiridos. Enseñamos a la gente a recordar, pero no la enseñamos a evolucionar. Nunca se nos ha ocurrido desarrollar esas cualidades intelectuales de comprensión y de discernimiento, mucho más sutiles. Los griegos lo hicieron, y cuando nos acercamos al intelecto crítico de los griegos no se nos escapa que, aunque hoy disponemos de temas más amplios y variados en todos los sentidos, su método es el único que permite interpretarlos. Inglaterra ha hecho algo: ha inventado y establecido la opinión pública, que es un intento de organizar la ignorancia de la sociedad y de elevarla a la categoría de fuerza física. Pero la sabiduría siempre ha estado escondida. El espíritu inglés, considerado como instrumento del pensamiento, es tosco y deficiente. Lo único que puede purificarlo es el desarrollo del instinto crítico.»

O. Wilde: La importancia de discutirlo todo.

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