La felicidad y el tiempo

Alguna vez leí que la felicidad es algo similar al efecto de una fotografía, al sentir de repente que el tiempo se ha detenido, por cualquier estúpida razón. En estos casos no hay, por tanto, un exceso de preocupación por el futuro ni nos aterra el pasado que, como la cola del gato, impertérrita, nos persigue. Se establece un pacto de silencio con el tiempo y toda necesidad humana pierde sentido: todo lo necesario está ahí, al alcance de la mano o los ojos, de tus oídos o tu boca. No hay nada más que importe entonces. Ayer tuve una de estas visiones. Pasábamos el día con unos amigos en una ciudad resguardada de los interminables turistas. Bajábamos a una playa virgen situada justo al pie de la montaña en esta zona de la costa atlántica. Había una pequeña brisa y el sol destellaba con fuerza toda la tarde. La gente, muy poca, en un ambiente de paz absoluta, se bañaba o se retiraba al abrazo del calor. Ya de noche, a nuestro regreso, tuve la suerte de asistir a uno de esos momentos, único solo en mi cabeza. Seguramente nadie a mi alrededor pudiera haberlo comprendido, ni la felicidad que de repente abrió un espacio en mi cerebro con una sola imagen. Allí, entre plantas y matorrales, a varios pies de la playa y un atardecer imposible, una casa ensoñadora se abría paso a un lado del camino. Me detuve a observar: dos niñas jugaban en el jardín con un láser mientras el sol estaba a punto de hundirse en la línea infinita del horizonte; el padre y la madre permanecían dentro de la casa, ya iluminada con los colores del fuego, en el preludio de una cena, una película, una pacífica conversación en el jardín antes de ver caer la noche. No tiene explicación y ni siquiera este texto le hace justicia. No hay manera, como con el lenguaje, siempre mentiroso, de describir la realidad, de hacerla posible en la cabeza de los otros. Supongo que hablamos de eso que algunos llaman magia. En mi opinión, hablamos simplemente de la vida, la que escapa cada segundo a nuestra mirada desconcentrada de lo que verdaderamente importa.

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Big Eyes o los ojos del artista

¿Qué diferencia a un verdadero artista de un farsante? Big Eyes, la última y, en mi opinión, mejor película de Tim Burton, nos responde a esta pregunta a través de la historia del matrimonio Keane, un relato basado en hechos reales. ¿En qué contexto? América, años cincuenta. Él, un fanfarrón, un charlatán con ínfulas, encantador de serpientes, un rufián de poca monta con maneras para el marketing. Ella, una pintora talentosa que se infravalora, una mujer que, como muchas, cayó en el error de la tiranía o la dependencia al hombre, una víctima de su debilidad y sus miedos. Así que ambos se enamoran. Él ve en ella una fuente de ingresos y riquezas; ella descubre en él a un tipo encantador y sonriente que le pide la mano a los pocos días para salvarla de su fatal sino, para mantenerla a ella y a su hija, para que no le quiten la custodia de la pequeña, para que sobreviva y pueda seguir pintando. Al principio ella no lo entiende, pero él le hace ver que es mejor firmar los cuadros con su nombre porque, claro, es el hombre el que posee prestigio y nadie en esa época daría un colín para ver la obra de una mujer, porque… ¿mujeres artistas, qué era eso?, ya que, como bien nos recuerda Germaine Greer, «la obra femenina era admirada, según el antiguo punto de vista, con asombro, como si las mujeres pintaran con los dedos de los pies».

El estilo de Margaret Keane se caracterizaba por pintar mujeres y niñas casi de manera obsesiva con una particularidad muy especial: todas tenían los ojos grandes. Esto, que sirve como metáfora para explicar la necesidad del arte para el que lo emprende desde la pasión, donde el amor responde a cada tramo del lienzo, el papel o el instrumento que se posiciona frente a uno, es rechazado por el bobo que, falseando su propia identidad y únicamente conducido por el dinero, por la suciedad del ego y la apetencia del aplauso, miente, extorsiona y aplasta para hacerse con el poder y el reconocimiento. Los ojos son las ventanas del alma: en ellos nadan y se encuentran diferentes universos. Estos son la fuente y la expresión de todas las emociones humanas. Así, en un momento que pasa casi inadvertido de la película pero que resume esta lucha, ella le responde a una de sus preguntas explicándole que ella pinta por una cuestión emocional, que piensa incluso que lo que a la gente le atrae es lo que le emociona. Él, por supuesto, no lo entiende y plantea justo la hipótesis contraria.

La película, en un despliegue de planos magistrales y unas actuaciones brillantes por parte del dúo protagonista, Amy Adams y Christoph Waltz, recrea esta terrible historia en un in crescendo imparable. Vemos el progreso y el descenso, la primera subida al cielo y el posterior descenso al infierno desde el paraíso. Big Eyes hace justicia al honor de una mujer que pudo finalmente luchar para recuperar su honra, ganando un juicio en el que, por supuesto, la única prueba final tuvo que ser poner a ambos a demostrar su calidad como artistas, esto es, a pintar. Tuvo que ser duro, puesto que ella, víctima de su propio miedo, había acabado aceptando las directrices de su marido para ser ocultada e invisibilizada. Burton consigue, a través de una puesta en escena visualmente preciosista y admirable, sumergirnos en la tragedia de esa mujer, nos hace sentir repulsión hacia la figura de su hombre y su desgracia, consigue llevarnos de la paz a la ira, del verde al rojo de una cerilla, de un cuento de hadas a una escena que de repente nos recuerda a Kubrick y su terrible resplandor, que nos incita a la temeridad y al desastre. Esta historia nos retrata una vez más la injusticia de la opresión, la infantilidad y la autocensura que desgraciadamente llevó a muchas mujeres a despreciar su talento, su mirada o, lo que es lo mismo, su forma única de mirar al mundo.

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Educar en lo positivo o las consecuencias de las expectativas sobre el otro

Mucho se ha hablado estas últimas décadas sobre los efectos positivos del placebo en la medicina en diversos experimentos donde se probó dar fármacos falsos a algunos pacientes que «mágicamente» se recuperaron quizá potenciados por la falsa creencia que este les proporcionaba. De hecho, si no tengo mal entendido, la utilización del placebo en la medicina hoy día resulta ser una práctica natural y no se considera algo pernicioso para los expertos o una falacia científica.

En psicología o pedagogía el mentado placebo se trasladaría a lo que se ha llegado a llamar el efecto pigmalión, esto es, a la explicación de que nuestra expectativa sobre algo influye o determina de algún modo el rendimiento que tendremos y, por tanto, la consecución de un objetivo. Por ello, ya psicólogos de la talla de Skinner en el siglo XX abogaban por un sistema donde se premiara más a la gente antes que castigarla, puesto que el refuerzo positivo parecía ofrecer muchos más estímulos a los animales con los que experimentaba que el castigo (rasgo en el que hemos basado nuestra sistema educativo actual, por cierto). Es decir, el hecho de que profesores, padres o amigos te etiqueten en cierto grado o tengan unas expectativas sobre tus posibilidades hace que tú, influido por estos estímulos, vayas a trabajar para encajar, positiva o negativamente, en lo que los otros pensaban ya sobre ti, eso que también se conoce como profecía autocumplida.

Escribe Lauren Slater: «En 1966, dos investigadores, R. Rosenthal y L. Jacobson llevaron a cabo un experimento consistente en practicar una prueba de inteligencia a niños de los cursos primero a sexto con el falso nombre de Test de Harvard de Adquisición Conjugada. Dijeron que la prueba era indicativa de la capacidad intelectual naciente o “acelerón”». Pero en realidad, lo que analizaban esas pruebas eran comportamientos no verbales, nada que ver con la intelectualidad de los niños. Se les dijo a los profesores que aquellos que sacaran resultados positivos en el test tendrían que avanzar de manera increíble en el transcurso del año siguiente. Y así fue, los que salieron reforzados positivamente de aquel test (que era en realidad un placebo y no medía el intelecto realmente; de hecho, los resultados fueron entregados de manera aleatoria y sin sentido), sacaron mejores notas y progresaron académicamente. Por lo que, resume la autora, esto «indicaba que el “cociente intelectual” de la persona tiene tanto que ver con la ocasión y las expectativas, como con la capacidad innata». O sea, se estaba poniendo en tela de juicio que todo sea predefinido antes de nacer, sino que el entorno y la experiencia, las expectativas de los otros sobre nosotros influyen igual o más en el avance intelectual de las personas, en la consecución de logros.

Un poquito más adelante, en la década de los setenta, otro popular y controvertido psicólogo, Rosenhan, realizó un nuevo experimento, en este caso con el fin de desmantelar la supuesta ciencia de la psiquiatría o de preguntarse si realmente esta funcionaba. Hay un largo debate abierto sobre si el diagnóstico psiquiátrico está basado a veces realmente en asociaciones reales o anómalas en el cerebro de un paciente o en simples conjeturas a raíz de unos síntomas descritos por el paciente (que en muchos casos pueden ser subjetivos, exagerados o, como se demostraría con este experimento, incluso mentira). La diferencia entre estar «cuerdo» o «loco» es a menudo subjetiva o difícil de definir porque entroncan en ella muchas variables (si bien hoy día la más plausible parece la de no diferenciar bien entre ficción y realidad), por lo que siempre ha sido algo prestado a debate.

En 1970 publicó en la aclamada Science su artículo, resultado del experimento: «On Being Sane in Insane Places», en el que relataba cómo había llevado a cabo durante un mes la labor. Había llamado a diferentes amigos suyos, completamente cuerdos, y les había pedido que fueran a las puertas de diversos centros psiquiátricos americanos diciendo que oían una voz que les decía zas, con el fin de ver cómo les trataban. A causa de la Guerra de Vietnam había muchas personas con trastornos mentales, heridas por las cicatrices de la contienda, y por ello muchos soldados falseaban tener alguna demencia para no alistarse en las filas del ejército y luchar o, en algunos casos, perder la vida. Supongo que este «falseamiento» de la realidad es lo que motivó al psicólogo a hacerse ciertas preguntas, a jugar y lanzarse a la aventura. Sin hacer demasiadas pruebas, solo con aquellos testimonios, todos, incluido el psicólogo, fueron ingresados en tales centros durante un mes, donde les trataban a veces a golpes y también los inundaban a fármacos, como si fueran unos «locos» más, y de donde fueron finalmente expulsados por «remisión de los síntomas» cuando en realidad nunca los hubo.

Este y otros experimentos posteriores, como el que hizo años más adelante la misma Lauren Slater, demostraron que muchas veces los «locos» no son realmente diagnosticados en base a una prueba científica real sino frente a un mero testimonio, o sea, que son las etiquetas y las expectativas que tenemos de la persona las que diagnostican la enfermedad mental en muchos casos. Alguna vez escuché que muchos «locos» se comportan como locos porque es como se les concibe, como se les trata, que precisamente quizá dejarían de serlos si se les empezara a tratar como personas normales. Está claro que esto no puede ser cien por cien cierto, y que los trastornos mentales son reales y una tragedia en el caso de muchas personas, pero no es menos cierto que el diagnóstico psiquiátrico muchas veces responde a una imagen preconcebida de lo se dice de alguien y no de lo que realmente, de manera química o cerebral, podría observarse.

Esto confirma la teoría del efecto pigmalión en el caso negativo, o sea, el hecho de que las personas que depositan pensamientos y expectativas negativas sobre otra persona (imagino que más influyentes cuanto más impresionable o influenciable es la persona con una personalidad poco definida) pueden hacer que esa persona confirme estas creencias y las potencie, lo cual destaca lo nocivo de una educación basada única y exclusivamente en los castigos o que infravalore a sus alumnos. Repetirle a alguien errores o fallos de fácil encuentro en cualquier ser humano, incluso estigmatizarlos en base a etiquetarlo de manera continua, puede influir mucho en la construcción del carácter de una persona o un estudiante. Ken Robinson o Eduardo Galeano, además de muchos otros, reivindican que el sistema actual de enseñanza, heredado de la era industrial, ya no sirve, que se necesita un cambio de modelo. Aquí es donde, a veces, todavía, los profesores o los padres olvidan el efecto tan importante que, como enseñantes y educadores, poseen durante sus lecciones, donde olvidan, al fin y al cabo, el efecto demoledor o triunfante de sus palabras.

 

Bibliografía

Galeano, Eduardo (2013): Patas arriba. La escuela del mundo al revés, Madrid, Siglo XXI.

Robinson, Kevin (2011): El elemento: cómo encontrar tu pasión puede cambiarlo todo, España, Debolsillo.

Slater, Lauren (1989): Cuerdos entre locos. Grandes experimentos psicológicos del siglo XX, Barcelona, Alba.

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Una lectura sobre Oriente y Occidente: quiénes somos a través de la literatura y la historia

Posiblemente los primeros suspiros de la literatura hispánica sonaran en boca de un árabe en versos como «mew sidi ‘Ibrahim / ya nuemne dolze, / fen-te mib / de noite. / In nonm si non keris / yire-me tib / -igar-me ‘a ‘ob- / a fer-te» o en boca de un judío en otros tantos versos: «Tant’ amare, tant’ amare, / habib, tant’ amare, / enfermíron welyos nidios / e dólen tan male». El lector romance, sin haber gastado años en estudio de dialectos antiguos o sin entrar en los quebraderos de cabeza que supusieron estas letras para expertos lingüistas de la talla de Pidal, Stern o Corriente, puede adivinar algo, puede entender las quejas de la amada o la llamada del amante que se esconden tras el texto, puede entender que el amor duele incluso a tantos siglos de distancia y en una lengua que ya no le corresponde por historia. Sin embargo, a veces por no recordar esa historia nos olvidamos de dónde venimos. Es por eso que en una puerta enorme antes de entrar en Auswitch permanece indeleble la frase del filósofo Santayana: «Those who cannot remember the past are condemned to repeat it».

Tal vez, aquellos pequeños poemas del siglo XI, fijados por poetas cultos de entonces en los finales de unos poemas árabes llamados moaxajas, nos hablan todavía hoy como fantasmas de un pasado que a veces hemos querido o incluso hemos podido olvidar. Hace muchos siglos, cuando todavía no había universidades ni el castellano era una lengua, en la llamada Hispania convivieron tres pueblos con diferentes lenguas, culturas y religiones, a veces en paz y a veces en guerra. De aquel periodo de siglos, de conquista musulmana y posterior reconquista cristiana, surgen todos los reinos modernos de los que deriva nuestra cultura. En la génesis de todo aquello, allá por el siglo VIII, árabes y bereberes acababan de asentarse en nuestras tierras y empezaban a convivir con los nuestros.

Si aceptamos la teoría de la lírica primitiva en estado latente de Menéndez Pidal, podemos ver a hombres y mujeres cristianos de varios siglos después de Cristo que transmitieron de manera oral, a sus hijos y amigos, en los patios de las aldeas o en los caminos hacia los ríos o los pozos para encontrar agua, pequeñas explosiones de amor, el tema universal de las personas. Mujeres que esperaban al alba a sus amantes o que se quejaban a sus madres sobre cómo duele la ausencia. No debieron pasar desapercibidos pues estas canciones llegaron un poco más tarde a los oídos de los poetas árabes y hebreos de Al-Andalus, quienes acabaron fijándolos en sus poemas, incluso en su alfabeto.

Tuvieron que pasar muchos siglos para que se descifraran y se descubrieran, tras largas disertaciones sobre la imposibilidad de traducción desde la ortografía arábiga (donde no hay vocales) y siglos de despiste por este camuflaje. Sin embargo, ya se sabe que, aun ocultas por el alfabeto «enemigo», aquellas palabras finales de los textos árabes no eran de otra lengua más que de la nuestra; se trataba de textos que estaban escritos en una mezcla de árabe y romance. Esto es una consecuencia lógica y bella de la comunicación de los pueblos. Además, legado de esta tradición son la cantidad ingente de topónimos en nuestro país (Andalucía, Almería, Badajoz, Gibraltar, Guadalquivir, La Mancha, Medina Sidonia…) y arabismos en el español moderno (más de cuatro mil palabras referentes a campos como el hogar, la agricultura, la guerra, el comercio o las matemáticas: almohada, alcohol, algodón, adarga, almádena, álgebra…), unos cuantos adjetivos y verbos e incluso alguna preposición (hasta) que heredamos de esta convivencia. De esta historia mantenemos también proverbios como «O todos moros o todos cristianos», donde se puede percibir claramente la división entre el uno o el otro, entre el blanco y el negro que tanto daño ha hecho a nuestro país.

Siglos más tarde, precisamente uno después de que los Reyes Católicos expulsaran a los judíos (la última estirpe de aquel pasado sobre Hispania), en pleno auge literario del Siglo de Oro, determinados escritores como Cervantes o Lope de Vega, se dedicaron a veces a continuar aquel género que la crítica llamó maurofilia (o sea, el amor al moro), una pequeña literatura dentro de las famosas novelas de caballerías en la que se buscaba el ensalce de la figura demonizada del «otro» (recuerdo ahora la famosa máxima de Sarte: «l’enfer, c’est les autres»), o sea, la revalorización del personaje musulmán y la idealización de las relaciones entre moros y cristianos. Y siglos más tarde, tanto en la Ilustración como en el Romanticismo, escritores como Cadalso o Zorrilla, además de muchos otros en Europa y América como Chateaubriand o Irving, se dedicaron a presentar este mismo cuadro de relaciones, de oposiciones que podían ser amables.

Recuerdo toda esta historia y no puedo evitar dejar de pensar en las actuales tensiones entre Occidente y Oriente, abajo y arriba, en Rusia o en Oriente Medio, y no puedo dejar de pensar en las recientes guerras entre, otra vez, «moros y cristianos» (no importa el color, los nombres, las religiones, las banderas: son «el uno» y «el otro»), la creciente crueldad entre seres humanos que simplemente piensan de manera diferente y no saben cómo comunicarse, cómo reconciliarse. La mayoría de los problemas de la historia y de la política se podrían resumir en la división entre «unos» y «otros»: judíos y cristianos; cristianos y musulmanes; romanos y griegos; visigodos y musulmanes; católicos y protestantes; calvinistas y luteranos; americanos e indígenas; Corea del Sur y Corea del Norte; liberales y conservadores; capitalistas y comunistas; bolcheviques y mencheviques; OTAN y URSS; derechas e izquierdas; franquistas y comunistas; españoles y catalanes; españoles y extranjeros; israelís y palestinos; turcos y kurdos; rusos y ucranianos; iraquís y yihadistas.

Es triste pero no se arreglará el mundo hasta que las personas descubran que ni el uno ni el otro pueden existir por separado, que «el otro» son solo proyecciones de nuestros miedos, que todos somos una misma cosa, un mismo origen, una misma cultura, una misma raza, una misma estirpe, una misma bacteria, un mismo átomo; que, al matar indiscriminadamente a otro ser humano, estamos destruyéndonos a nosotros mismos. Fue ya en el siglo XX que uno de nuestros grandes pensadores, Miguel de Unamuno, dijera aquella famosa frase que todavía nos revela alguna dolorosa verdad: «El fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando». Quizá la paz solo triunfe cuando, solo a veces, recordemos que aquellas cosas más importantes son las que nos unen y no las que nos separan, cuando entendamos que, alguna vez en una memoria remota, todos éramos felices.

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Los límites de la literatura fantástica o realista

Me gusta escribir literatura fantástica en el sentido cortazariano, o sea, ese en el que la realidad es imposible, tal como el mismo argentino o muchos críticos apuntaron al analizar los movimientos literarios o incluso libros tan sumamente realistas como los de Flaubert, Galdós o los cuentos de Chéjov. Es cierto que, de alguna forma, un libro puede contener más o menos elementos que se alejen de lo que estadísticamente un ciudadano de a pie consideraría «normal»; sin embargo, esto no es más que otra forma de intentar poner cerco a la fantasía del hombre. Es cierto, como decía Cortázar, que la realidad, problema filosófico que todavía nadie ha querido o ha podido resolver, no es una sino que es un poliedro, está fragmentada. Permanece así porque la realidad «objetiva» no es tal, no existe, en el momento en que el mundo, como decía Jung, no es el mundo solo, sino el mundo y el que lo mira, o sea, the look and the looker, lo observado y el observador. Es imposible para la racionalidad humana separar ambos hechos, puesto que el medio, el único medio que poseemos para el conocimiento de la existencia es el que nos es dado por nuestros sentidos.

Gracias al tacto podemos reconocer los objetos o descubrir la materia, al igual que por el olfato y el gusto apreciamos los olores y los infinitos sabores de este mundo. Sin el oído o sin la vista, tampoco podríamos conocer lo que nos circunda, observar las formas, los colores, el universo, o escuchar las olas del mar, los relámpagos, nuestras propias voces en el deseo de comunicarnos. La misma Programación Neurolingüística o PNL, como es conocida por sus autores, una rama que a veces podría ser científica y otras solo disfrazarse de ciencia, demuestra que el mundo que cada persona percibe es diferente porque cada persona percibe de manera distinta a través de sus sentidos, bien sea seleccionando más uno u otro, o activando diferentes mecanismos a la hora de activar cada uno de ellos.

Es por esto que los recuerdos o la memoria son cosas también tan efímeras, mentirosas y bellas, como la ficción: cada uno tiene una película diferente y nadie diría que se está cometiendo un delito. Nos mentimos en el mismo proceso de recolección de nuestra experiencia, y este es un dato científico. Además de las muy terribles enfermedades de este mundo por las que, a través del cerebro, una persona es capaz de ver o pensar realidades inventadas (tales como podrían ser las alucinaciones o los delirios de pensamiento), sabemos también que existen personas que no pueden utilizar los mismos sentidos, a los que se les ha negado, por así decirlo, por ejemplo por un azar genético, la capacidad de la visión o de la escucha. ¿Cómo perciben la realidad estas personas? Evidentemente, no deja de ser «realidad» lo que viven, pero de un modo muy distinto seguramente al de una persona que pueda ver o escuchar. Al mismo tiempo, dos personas con plena capacidad para la vista van a otorgar diferentes focos de atención a la realidad en sus miradas, por lo que al final cada uno selecciona o ve un trozo, un fragmento, una pieza distinta del puzzle.

La experiencia que conocemos, como decía Hume, está filtrada por nuestros sentidos, por lo que no podemos «fiarnos de ellos». Cortázar también pensaba así, que hay demasiadas pruebas para saber lo falibles que son nuestros sentidos como para creer que podemos objetivizar algo a través de ellos. ¿Pero por qué estoy diciendo todas estas cosas? No es que quisiera en realidad hacer una larga disquisición filosófica sobre la futilidad de los sentidos del cuerpo humano, sino que esto me sirve como introducción para este problema también literario que abarca de pleno el mundo de la ficción.

Soy también de los que piensan que el «realismo literario» es un absurdo o una imposibilidad, en el sentido de que cualquier escritor está mintiendo cuando escribe. Incluso si se trata de un texto biográfico o si se trata de reproducir la vida o los pasos de una persona real y de carne y hueso que se considera perfectamente conocida por este mismo, al final la escritura no dejaría de ser más que una reproducción ficticia, una imaginación o una fantasía más del escritor, puesto que ninguna reproducción puede ser llamada «real». Además, incluso en una novela como Madame Bovary, que se la presupone el cúlmen del realismo, no podríamos decir que se trata de un «texto objetivo», por mucho que el autor intentara jugar a quitar todo lo «subjetivo» de una novela: juicios del narrador, descripciones que cruzaran la frontera de lo personal, adjetivos valorativos… ¿Por qué? Porque todavía existe una, como llaman en teoría literaria, «voluntad del autor», o sea, un Dios detrás de todo ese texto, que es el que selecciona y elige qué parte de la «realidad» quiere mostrar. El escritor está mostrando su deseo de enseñar esta concreta «realidad», lo que sería el «foco de atención» de una persona que, teniendo delante una playa, una bandada de gaviotas y un barco, decide fijar su atención única y exclusivamente en las formas geométricas que hacen las gaviotas en el cielo. O sea, que en el fondo, detrás de las bambalinas y del teatro, sigue habiendo una persona que ha decidido mostrar todas escenas y no otras, que ha decidido mostrar ese diálogo y no otro, que ha decidido contar esa historia. El simple hecho de haberla querido contar y de haberla hecho de una determinada manera nos habla de la subjetividad que existe per se en el propio hecho de la creación. Ergo, no existe la tal novela objetiva, aunque pretenda serlo o a pesar de que lo aparente.

Esto nos habla de la condición tan sumamente «sutil» que puede haber entre lo fantástico y lo real, entre lo posible y lo imposible, puesto que nuestra misma «realidad» circundante nos demuestra que la fantasía no es más que un rasgo de esta, una característica propia e inherente en nosotros. Es por eso que la mayoría de los cuentos de Cortázar juegan también con este hecho. Por ejemplo, en «Continuidad de los parques» se dedica a exponer el caso de una persona que está leyendo con mucho interés una novela. El narrador se vuelve omnisciente y comienza a contar la historia que está leyendo este (en un ejercicio metaliterario bastante perfecto y logrado), para descubrir al final que el asesinato que ocurre dentro del libro es el de él mismo, el protagonista. Realidad y ficción se mezclan dentro de la propia ficción de Cortázar, entrando el hombre que lee dentro de su historia y convirtiéndose realmente en personaje y víctima de su propia lectura. Esto podría verse también como una metáfora de la lectura activa e imaginativa de un texto, aunque el matiz primero es el que nos importa ahora: su capacidad de evocar lo rápido que se difumina lo que llamamos o conocemos como «realidad».

También en muchos de mis cuentos me gustó siempre jugar con el ejercicio metaliterario, con la fusión de lo que pertenece al mundo de la ficción y de lo que pertenece al mundo de la realidad. Como rasgo más pequeño están las interjecciones o guiños de un personaje de repente al lector (lo cual comparten también Cortázar y Vila-Matas) al igual que la ruptura de la cuarta pared en el teatro o los comentarios hacia la cámara en las películas de Woody Allen. Todo esto es un descanso en la imaginación del lector para entender que uno está sumergiéndose en otro mundo, aceptando ese «pacto de ficción» o, como lo acuñó Coleridge, esa willing suspension of disbelief, porque se trata de eso, de convertirse en crédulos, de aceptar el universo en el que vamos a entrar para poder disfrutarlo. Son «avisos» o juegos literarios en el que el lector ve su «pacto» de repente interrumpido, como podrían resultar igualmente depositarios de esta tradición (aun sin querer serlo) los anuncios publicitarios que saltan en medio de la ficción de una hermosa película, que nos devuelven a la realidad y nos hacen ir al baño a cepillarnos los dientes.

Interpelar al lector es una forma de romper la delgada línea de la que hablamos, pero también puede hacerse en el simple hábito de escribir una historia. Por ejemplo, me gustaría poner dos casos de mi propia creación que versan sobre esto mismo. En uno, el cuento se llama «Adán y el café» y me sirvió para especular y ensayar sobre temas de religión y espiritualidad, siendo este un tema que me obsesionaba un poco desde hacía algún tiempo. En el fondo, los hechos de este cuento podrían considerarse de corte «realista», incluso entender el relato como un simple híbrido entre la ficción y el ensayo para depositar unas ideas de carácter ateísta. Pero vamos a ver cómo al final del mismo se tuerce lo que llamamos realidad y se expande la fantasía del lector provocando diferentes posibilidades alegóricas. Dos hermanos, Adán y Eva, van a tomarse un café al bar mugriento del barrio, en una ciudad cualquiera, un día cualquiera. Allí, Eva, que desde el principio se muestra algo jugetona, se dedica a avasallar a su hermano con preguntas para que este, Adán, explique por qué no cree en Dios y qué piensa sobre este concepto y sus productos históricos, las religiones. Sin embargo, el cuento acaba así:

Por la ventana del bar entran los últimos rayos de sol y afuera se oye el graznido de un cuervo, la llanta de un coche derrapando por el cemento de la carretera, el golpe mortal de un coche contra un cuerpo mitad humano mitad divino que, entre alaridos, parece caer al suelo y parece, también, recordar a la voz del padre de Adán y Eva. Los dos, inmutables, permanecen o continúan mirando al dorado infinito.

Se ha concedido un segundo juego ficticio. En el primero pensábamos que los dos hermanos son personas de carne y hueso y, además, no creen en Dios, o sea, que se trata de una simple disquisición filosófica vista a través de dos personas que conversan mientras toman un café. Por otro lado, en este giro final del narrador se deja imaginar al lector muchas cosas. Hay un accidente de tráfico en la calle y un ser «mitad humano mitad divino», padre de Adán y Eva muere atropellado. Podría el lector concebir este juego como una gran ironía que niega todo el pensamiento anterior, todo el discurso ateo, o, pues Dios existe y acaba de aparecer por la calle, o al contrario, podría el lector concebirlo como una metáfora nietzscheana de «la muerte de Dios». Podría ser, incluso, simplemente el padre de los dos personajes que acaba de tener un accidente. En cualquier caso, el lector es aturdido y no sabé qué pensar o creer porque ha habido un cambio en la interpretación de la «realidad» preconcebida desde un principio.

Por último, me gustaría reseñar otro caso metaliterario y otro juego fantástico en uno de mis cuentos más recientes: «El ermitaño y el dragón del Mar Negro». En resumidas cuentas: un soldado ucraniano, al este en la ciudad de Donetsk, ve de repente atacada su tranquilidad por la aparición de un enorme dragón alado que sobrevuela la ciudad. Sale corriendo, deja a su compañero de lado y corre hacia un descampado donde atisbarlo mejor. Allí empieza a deleitarse con la visión de tal gigante legendario y recuerda la historia de un ermitaño que vive en una península cercana y que hablaba de la existencia de un dragón hacía tiempo, al que siempre había tomado por loco. De repente ve cómo este dragón viene a atacarlo a una velocidad de infarto, así que saca su radio y le habla al compañero, a gritos entrecortados. Le dice que dispare, que ataque al «enemigo», que lo mate a «él» (vocabulario que evidentemente, como veremos en un momento, el compañero no entiende, pero lo asocia a su estado de nerviosismo y sigue sus instrucciones). El otro soldado, que parece tener más poder, aprieta un botón y dispara algo que se intuye como un misil. El final del cuento se trata casi de un recorte periodístico en el que se señala el reciente caso real del derribo al este de Ucrania de un Boeing 777 lleno de civiles que viajaba hacia Malasia. Se exponen titulares de muchos periódicos y se reseña el trágico incidente, así como las consecuencias políticas y el ambiente tenso internacional que se creó tras el derribo del avión (donde se acusa a los rebeldes prorrusos de la zona de haber interceptado y destruído ese avión). En este juego, el lector no entiende que se está hablando de un avión hasta el final del texto, pues todo el relato ha sido contado a través del pacto de ficción (tomado de la mentalidad de lo que podría ser posiblemente un loco o una persona delirante) en el que un dragón aparece en la ciudad ucraniana. La suspensión de la incredulidad se ve puesta en jaque a raíz de los titulares de prensa y, en el caso más posible, del conocimiento extraliterario del lector que conoce o debería conocer el caso de derribo del avión. Se vuelve a ver aquí cómo la «realidad» no es solo una y las cosas que uno ve pueden ser tan distintas de lo que en «realidad» es para otro. Pero como soy algo gamberro, el juego no acaba aquí y me atrevo a dar otro giro en la «realidad» fantástica, a riesgo de que acepte el lector la versión que le parezca más plausible. Es en el verdadero final donde se descubre que el «olvidado ermitaño de Crimea» llega esa misma noche a su casa con una escama de dragón para la cena. Esto espolea nuevamente la imaginación del lector que, una vez roto el pacto de ficción, había aceptado que todo era una mentira para criticar a los rebeldes que derribaron el avión lleno de inocentes. Sin embargo, siendo esa una posible lectura política, la más interesante o la que más me interesaba a mí era esta última en la que se traslucen los misteriosos caminos de la ficción y su amplitud de miras. Es ahora solo con este final que volvemos a entrar en el cuadro fantástico y pensamos que quizá el dragón sí existía realmente y el soldado no estaba loco ni era delirante (como dice del ermitaño este mismo durante algún momento del relato). Sin embargo, podría también existir la lectura de que ambos hechos, el fantástico y el realista, el dragón y el avión derribado, han ocurrido al mismo tiempo en partes diferentes de Ucrania y que los personajes no tienen nada que ver el uno con el otro.

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