Spartacus: Blood and Sand

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Spartacus: Blood and Sand traza ese despliegue de heroicidades que uno espera encontrar en un texto de verdadera épica. Más allá de ese capítulo introductorio que puede engañosamente hacer creer a alguien que la temporada entera será igual de mediocre, más allá de la sangre explícita, lo gore que pueda resultar esto sumado al efecto de gratuidad en lo hiperbólico de la lucha, la cámara lenta o el sexo vivo, Spartacus se alza como un conjunto perfecto de guión, imágenes, música y personajes, llevándonos a los abismos del infierno y también a los estandartes de la gloria, acompañados, cómo no, por las manos –o mejor cabría decir las espadas– de Espartaco, ese personaje tan magníficamente interpretado por Andy Whitfield, además del grandioso elenco de secundarios que en esta historia de desbordante bravura brillan a cada episodio que transcurre con mayor gracia y profundidad. Todos recordaremos, haya o no continuación, a Crixus, el eterno combatiente de Spartacus; a Batiatus con esa interpretación sibilina que cabría comentar en un texto aparte; o a Doctore, con su látigo y porte temibles, por poner unos pocos ejemplos.

Spartacus no tiene nada que envidiar a otras series de similar gusto como Roma, ni siquiera a la mismísima gran obra del inmortal Kubrick, basada en el mismo personaje. Esta recrea con inigualable tono su propio estilo; lejos de querer conceder lo sublime a sus espectadores, la crème de la crème, Spartacus reinventa su imaginario con una solidez que a pasos agigantados se ha ido adueñando de todos los que la seguíamos tras la pantalla, para acabar con ese apoteósico fin en el que el broche de oro no podría haber sido más brillante. Si busca épica, venganza, amor, sexo, sangre, arena, batallas, conspiraciones políticas; si desea adentrarse en esta historia con una buena ambientación de la república romana en la que un esclavo comprendió que aquel no era su destino, y luchó desesperadamente hasta alzarse con la victoria, este es su momento. No hubo otro en el que la épica creciese de manera tan escandalosa en solo trece capítulos.

 

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Dios no existe

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Cuando decimos «Dios no existe» en realidad estamos contemplando algo real, no estamos insultando ninguna religión, no estamos intentando invalidar la fe ni ningún otro tipo de razonamiento, sea lógico o espiritual. Decimos eso desde nuestra perspectiva de lingüista: conocemos el lenguaje, y como tal podemos afirmar que Dios no existe.

Existe la palabra, el concepto «Dios», ¿pero qué designa esto? El gran problema siempre estuvo en su designación, ni siquiera en su significado.

El significado de la palabra Dios en español puede encontrarlo cualquiera al dirigir sus manos hacia el diccionario de la Real Academia Española, que es el que sigue en sus dos acepciones: «Ser supremo que en las religiones monoteístas es considerado hacedor del universo» y «Deidad a que dan o han dado culto las diversas religiones». Por curiosidad acudo al diccionario de la lengua francesa: Le Trésor de la Langue Française, y me encuentro con lo que sigue: « La divinité comme entité relig. ».

Queda claro que vivimos en una sociedad impregnada de una huella histórica cristiana altamente presente, como casi todo Occidente, porque somos hijos de nuestro tiempo pero también de lo que algún día fuimos. Así, el lenguaje está lleno de expresiones tales como «con Dios» o «anda con Dios» (para despedirse), «Jesús» (cuando alguien estornuda), «que cada uno cargue con su cruz» (para expresar los problemas de cada individuo), «Dios mío» o simplemente «¡Dios!» (para mostrar sorpresa)…

¿Qué quiere decir eso? Que debemos aceptar que hemos construido nuestra sociedad dentro de la religión cristiana, que somos hijos de ella. Eso no quiere decir que se tengan que seguir sus dogmas o hablar su idioma, al igual que nadie nos obliga a quedarnos a vivir donde nacemos. Con esto, podemos afirmar que, la mayoría de las veces, cuando alguien (en Occidente) te pregunta si crees en Dios, en realidad está pidiéndote que le confirmes si eres o no cristiano. Hay otros pocos casos en los que un sujeto simplemente te pregunta si crees en Dios como deidad general, sin que importe la religión.

Jodorowsky piensa que las religiones son un veneno porque acaban limitando al ser que sigue sus caminos, dice que «si pones un nombre a Dios te estás apropiando de él», y es exactamente eso lo que hacen las entidades religiosas: se le llama Señor (cristianismo), Trimurti (hinduismo), Alá (islamismo), Yahveh (judaísmo). Empresas que nombran a su Dios para luego tener una comunidad de fieles que se entreguen a ella. En realidad eso es lo que hace siempre el lenguaje, apropiarse de las cosas: cuando nombras algo estás, en cierto modo, matándolo. Pasa a ser un concepto pero eso no llega a ser real, no podemos nombrar o expresar la realidad, sólo acercarnos. El lenguaje es nuestro límite, como dice Wittgenstein, y en esa estamos siempre: limitando el mundo con palabras para poder entendernos entre nosotros.

Una vez hemos aclarado el significado de la palabra Dios, volvemos al origen de la cuestión, que me parece más interesante. ¿A quién o a qué designa el concepto «Dios»? No puede designar a nadie, porque no conocemos a nadie que pueda ser ese Dios. Respecto a la «cosa» que sí podría designar, no la conocemos: por tanto no existe. Esa entidad religiosa que gobierna el mundo o el universo no ha dado muestras empíricas de existir. Esto quiere decir que lo único que nos puede acercar a creer en algo de esto es el concepto «fe». Volvemos al diccionario y encontramos, entre muchas, las siguientes acepciones: «En la religión católica, primera de las tres virtudes teologales, asentimiento a la revelación de Dios, propuesta por la Iglesia»; «Conjunto de creencias de una religión»; y «Conjunto de creencias de alguien, de un grupo o de una multitud de personas».

La fe es entonces el único puente para acceder al conocimiento de ese Dios, puente que se basa únicamente en la ignorancia ciega hacia algo que no se conoce. Es por eso por lo que para mí significa lo mismo «eternidad», «universo», «amor» o «dios». Todos son conceptos abstractos, que intentan designar algo incognoscible; uno cree en el universo aunque jamás llegue a conocer sus límites, extensión…; uno cree en el amor o lo siente, pero no sabe lo que es (no, no insista: muchos lo intentaron durante décadas y ahí estamos, todavía); uno puede pensar en la eternidad y perderse sin llegar a ninguna respuesta porque no la conoce (somos seres finitos y caducos); y uno puede pensar en dios o tener fe en que existe sin haberlo jamás conocido o tener pruebas para ello (no, querido, la Biblia no es una prueba fehaciente).

Por eso más de una vez escuchamos que la gente dice cosas como «el amor no existe», o «Dios no existe». No es que se basen en la negación de todo, que sean pesimistas o ateos, simplemente asumen su condición de ignorantes y se posicionan desde el lado realista: no conocemos esas cosas, son palabras que designan algo que no podemos saber si existe. Por eso «Dios no existe», porque no es más que una palabra, tal vez un concepto necesario para no sentirnos presos en esta cárcel que podría ser el mundo, para poder pensar que, tras pasar por todos los horrores de esta vida, la ilusión nos aliente a no sabernos solos y creer en que hay algo más a parte de lo que somos, un ente que no podemos conocer. Eso da fuerzas, o debería darlas, por eso dicen que la fe o el amor mueven montañas, el mundo.

Yo creo en todas esas cosas, pero las asumo a una sola: Universo. Yo creo en el Universo. Sé que no podemos comprender el setenta por ciento de las cosas que nos ocurren a diario; no son cosas comprensibles mediante la razón ni visibles ante los ojos: son algo más. A las que sólo podemos aspirar a conocer a través de algo más profundo, eso que algunos llamaron «alma». Yo me he enamorado, me he sentido en comunión con lo eterno y soy consciente de que todo eso, incognoscible e inexpresable, forma parte de mí y del mundo. Por acotar, le pongo un nombre: Universo. Yo creo en el conocimiento y creo en el universo. Eso es todo.

Si me preguntan si creo en Dios, digo que no creo. Si me preguntan que existe, digo que no existe. Si me preguntan si creo en el Señor, digo que no creo: es sólo un producto. Para mí «Dios» es una palabra con una designación que desconozco. ¿Entonces para qué usar esta palabra?. No necesito entrar en esa mentira conceptual para sentirme menos solo. Creo que tenemos bastantes cosas ya en la vida a las que agarrarnos para no sentirnos solos. El amor, la eternidad, y el Universo, esas sí son cosas que he vivido y vivo, a las cuales me lanzo sin cesar y en las que uno puede tener fe incondicional, verdades que pueden ayudarle a vivir, a crecer. En ellas creo, en ellas incluso puedo decir que existo.

 

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Se llama amor, l’amour, love…

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Llevo muchos años pensando sobre eso que algunos se atreven a llamar «amor», como cuando decimos «dios» o «yo», que no son más que conceptos, palabras que arbitrariamente asumimos a realidades para nosotros incognoscibles. Wittgenstein dice que no podemos conocer lo inexpresable: «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo», y creo que tiene mucha razón al figurar el lenguaje como un simple mostrar aleatorio, una lógica formal que por convención llamamos lenguaje y aprendemos para podernos describir nuestra realidad, que es diferente a cada una de las realidades que cada individuo forma cuando habla o toma otro lenguaje. Por tanto, filosofar no tiene sentido a menos que sea como un descarado entretenimiento. Yo sumo este concepto del que hablamos: «love», «l’amour», «amor»… al de «eternidad», que me parece tan precioso como inútil. Eternidad no es más que nuestra imagen más accesible a la perfecta belleza, aquello donde no podemos llegar: volvemos a lo inexpresable. Es allí donde se halla la eternidad, por eso el universo para nosotros es infinito, porque no lo conocemos. Es otro atajo más del lenguaje para ponerle etiqueta a algo incomprensible. Como cuando se le llama Señor o Alá al concepto de «dios», o se toma el estandarte de éste en un pensamiento globalizado que se llame «cristianismo» o «islamismo»: la gente necesita no-entenderse a través de un entenderse convencionalizado. Volviendo al tema que nos ocupa: amar es por tanto, en mi opinión –y esta es la conclusión a la que parece he llegado– sentirse en comunión con el universo, con dios, con la eternidad: mezclo todos esos conceptos porque para mí son una misma cosa, esa energía indemostrable pero capacitada para volvernos locos y felices al mismo tiempo, porque creo que una de las grandes pruebas de que el ser humano puede no volverse demente o infeliz es el saber que no sabe nada. Cuando uno ama, está amando eternamente, porque la eternidad es algo que viene de dentro y no de fuera: lo exterior no es eterno, las hojas mueren, los yogures caducan y las personas nos vamos; pero el amor siempre está ahí, aunque una relación humana se acabe. El amor no es una relación, el amor es lo que llevas dentro hasta el día en que mueres y seguramente luego se transforme de algún modo que tampoco podemos describir ni analizar. Es por todo ello que me parece tan acertado el verso de Cernuda: «No es el amor quien muere, / somos nosotros mismos» porque las personas físicas, la carne y nuestro hueso, llega un día en que se esfuman, y no sólo a través de la muerte física e individual. Cuando una relación se rompe se dice que alguien ha muerto dentro de su corazón, y esto es tan cierto como la otra anterior, porque son sueños, promesas, y pensamientos que desde ese momento uno debe borrar para emprender de nuevo el camino solo. Cuando una persona ama, le dice a la otra: «Te amo, para siempre», porque mientras están amando ese amor es eterno y nadie puede romper eso, ni siquiera su inútil Dios, porque «Je t’aime, pour toujours» declara un mensaje precioso y verdadero que nadie puede negar, a pesar de que sea sólo lenguaje: está haciéndote cómplice de su eternidad en ese momento. El amor es por tanto como un anillo, como el cero o el círculo, la figura que siempre simbolizó lo eterno, y no precisamente por casualidad…

 

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La carretera hacia ninguna parte

ROAD MCCARTHY FILM 2

Hace poco leí algún comentario en el que alguien decía que el arte debe ser valorado según lo bueno o malo que es, sin que el jurado se deje llevar por la tramposa vía del gusto. Y yo enseguida pensé que era algo imposible, que ese error de cálculo viene procreado precisamente por la imperiosa necesidad, tan actual, de buscar en el arte lo matemático, cuando éstos son formal y lógicamente distintos, ya que provienen de mundos que en cuanto pueden se repelen y se dan de hostias hasta el cansancio, porque se agotan, no se entienden, y se escapan. En The Road he encontrado una respuesta todavía más plausible: la película es buena porque a mí me ha gustado, me ha sobrecogido en la butaca, y me ha hecho meterme dentro de ese pathos de tal forma que cuando los personajes encuentran ese pequeño paraíso de comida y refugio, ese oasis en medio del maldito desierto, me he sentido tan o más feliz que ellos en mi papel de volátil titiritero. Pero estoy seguro de que habrá mucha gente que no sienta eso, que se sienta como un psicópata vacío y sin «fuego», y le dé igual; entonces tendrá que dejar pasar la oportunidad de alabar nada de esto: no ha sido hecha para él, para el «él» de ese momento y en esa circunstancia, claro, porque uno nunca sabe… Pero, y es lo que me importa, en ese compendio de cosas que me ha mostrado el film no encontré nada rechazable. La adaptación de la novela del ya famoso Cormac McCarthy, al que los Coen adaptaron antes con su fantástica No country for old men, resulta una suerte de talento proporcionado, un mensaje desesperanzador en el que no cabe la esperanza. Es asquerosamente desalentador observar cómo esos personajes se arrastran hacia ninguna parte como si definitivamente, cuando no quedara la poca comida que ya queda, el mundo pudiera seguir ofreciéndoles algo. Ah, pero ahí entra el instinto de supervivencia, sobrevivir por encima de cualquier cosa, aunque no tenga sentido, lo que nos demuestra lo absurdo a veces de ese empuje por vivir y vivir a toda costa.

Yo creo que los dos grandes héroes de esta empresa de la que ahora hablo son John Hillcoat, el director de la película, y Javier Aguirresarobe, el encargado de la fotografía maravillosa que nos conduce sin piedad a ese mundo devastado, gris, cruciforme y enfermo, donde la decadencia de todo te asfixia y te lleva, al igual que a ese padre y a ese hijo, a la conclusión de que preferirías morirte, que es impensable que este pensamiento no cruce cada segundo la cabeza de ellos mismos. Llevo un rato pensando sobre si el autor y el director querían hacernos ver que la gente que lleva ese «fuego interior» es la que importa y a la que, hasta en una situación de extrema precariedad, hay que ayudar; a diferencia de la otra, que es la mala y a la que no le importa sostener el estandarte de la maldad en sus manos para aprovecharse del mundo débil, de la gente débil, de la entonces entera debilidad. Un mensaje maniqueo sobre el bien y el mal, los malos y los buenos, el mismo que nos ofrecían los tebeos antiguos y las novelas más moralistas. Si les soy sincero, todavía no lo sé, no pretendo desentrañar más este misterio: me quedo con la imagen maravillosa, con la poderosa actuación de Viggo Mortensen y el niño, y con la mirada perdida del anciano que desde el principio supe que era un ciego sabio, Homero en medio de la catástrofe. Me quedo con todo esto y con la devastación tan bien expresada en voz en off, la justa y necesaria, el conjunto de música, imagen y actuación, merecedor de algún premio. La gran capacidad, esta vez del director y del encargado de la fotografía, para hacernos cruzar el paisaje de lo terrible, la carretera hacia ninguna parte.

El horror toma forma cuando la existencia no se apoya sobre algún tipo de esperanza que dé sentido a esa espera. Sí, salí jodido de esa sala de cine, como con una bala en el pecho y cien mil palabras qué decir, aunque sólo pudiera contentarme con ver todo lo que me rodeaba, que era real, gracias al universo. Ahora escribo esto, porque he sentido que necesitaba expiar un poco más la culpa de haberme sentido parte de ese holocausto, por cierto muy de moda hoy día para el medio audiovisual: el fin del mundo parece ser, humana y masoquistamente hablando, uno de los temas con los que más goza el gran público. Por algo será.

 

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Nave espacial en el cielo de Cádiz

Son las ocho de la mañana y me muero de frío mientras escribo esto, pero tenía que hacerlo. Estábamos en la avenida principal, o sea, la avenida de Andalucía, de Cádiz, donde el tráfico se agolpa y los niños corren con sus madres por las aceras; acabábamos de salir de no sé qué sitio, tal vez había estado comiendo pizza y otras divinidades en algún extraño y olvidado lugar ya de mi memoria (es lógico, si me atengo a lo que ahora voy a contar); el caso es que lo único que recuerdo es haber escapado de todo lo anterior, sueño inútil y vago, y encontrarme de repente allí plantado, en plena avenida, con un montón de gente, y que todos levantamos la cabeza hacia arriba y empezamos a maravillarnos por una especie de culo metálico que cubre toda la anchura de la avenida (y más) del cielo, luego voy girando mi cabeza hacia el fondo, casi mirando a Cortadura, y descubro que es una gigantesca y maravillosa nave espacial y que es como infinita (no me pregunto en ese momento ni de dónde viene, o de dónde es, o qué hace allí), tal vez llegue hasta San Fernando, o Sevilla, o Vigo, joder, es enorme; empiezo a alucinarme moviendo mis ojitos de un lado para otro y la voy observando, con su coraza enorme entre marrón y tonos grises y plateados, aunque a tanta distancia (del sueño y del suelo al cielo) ya no podría definirla con mucha más precisión, a pesar de que todavía queden vestigios en mi retina memorística; al parecer es una fiesta, no sé por qué pero de repente todo el mundo sabe o sabía esto, hay gente que vuela a una velocidad vertiginosa en globo y va dando vueltas por todo el cielo, de arriba a abajo, de derecha a izquierda y viceversa, de todos los colores y tamaños, son personas individuales que vuelan bajo paraguas algo enormes que se confunden con el bullicio y el espectáculo increíble de la nave. Son como mosquitos zumbando la realidad, o tal vez sería mejor decir el sueño. Uno de ellos casi choca con mis manos y descubro que no hace daño, que sólo son meros fantasmas de este momento titánico, único en mis delirios. Algunos caen al suelo y aterrizan, son personas fascinadas que sonríen y parece que retomen de igual grado la fiesta. También antes de salir a ver esto rememoro que alguien dice lo siguiente, con total seguridad, vaya, con una certeza que parece ser que es cierto y no hay posibilidad de duda, y todos le creen: «En x años la tierra estará justamente en la misma posición del sol y éste en el de la tierra», y dice esto sin pensar, ni yo ni nadie en el sueño, que obviamente habremos desaparecido; o sea, que hay esperanza, que viviremos en –y no cerca– de la más gigante estrella. Una mezcla de sueño entre Up y District 9. Por lo demás sólo recuerdo hallarme allí pasmado ante el inolvidable show al que me sumerge la nave, no sé durante cuántos malditos segundos, pero sí recuerdo la sensación de sublimidad a la que me expuse, el sentimiento de niño al mirar hacia arriba y comprender por qué allí buscamos a nuestros dioses.

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El templo hindú

 

Escrito en: Estoy soñando

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